¿Por qué este impulso equívoco de dialogar con extraños
y contarles mi historia de naufragios y desdichas?
¿Por qué esta desesperación de sentirme solo,
perdido en un mar de hombres?
¿Por qué destruyo siempre lo que amo
y amo lo que me destruye?

Ay el puño del corazón golpeando los muros de mi pecho,
clamando por salir desbordado, ávido
de estrenar el ámbito donde encuentre asilo su orfandad.
Ay mi corazón atrincherado en esta cueva
donde lo parte el lento martillo de la gota que cae,
encogido como un niño enfermo de fiebres,
llorando para sí, pidiendo perdón.

Ay mi huevito de sueño acorralado de amenazas,
mi gemido sofocado, mi mano presurosa a recoger
la pequeñez de todas las migajas…