La hoja en blanco se convierte en pentagrama. Una a una caen las letras como notas negras.  De pronto hay un silencio que sugiere un respiro: aparece una coma.  Siguen llegando más letras y forman palabras y se hermanan para formar frases.  Un punto las divide y permite pensarlas.

Con más ligereza, como corcheas, surgen algunas; otras se dan tiempo, como si fueran blancas, un doble silencio y el tiempo se extiende, da la oportunidad para que nazca una idea.

De compás en compás surge un acento y marca el ritmo.  Llegan palabras graves como muerte, ausencia, sexo, padre, madre, hijo, insolente (se meten en un paréntesis y mutan significados)

Las agudas surgen: alegría, canción, candor, que aligeran el alma.  Pero es el cambio de tonos lo que marca la armonía: amor-muerte; ausencia-alegría; sexo-candor…  El contrapunto equilibra y mueve la mente.

Una esdrújula aparece ¡el éxtasis nos sorprende!: gárgola, fantástico, ópalo, errático, fatídico, gramática.

Como mago con su vara los acentos crean el divertimento, la inquietud de decidir si se quitan o se ponen: célebre-celebre; méndigo-mendigo; papá-papa… y como travestis en el escenario, otras letras transforman los significados: casa-caza; tuvo-tubo; hijo-higo…

Si la coma cambia de sitio provoca revuelo: no lo quiero; no, lo quiero

La gramática y sus reglas pueden ser un gran juego y al igual que en la música un acorde llega a ser concierto o desconcierto, un signo comunica o confunde.  La lengua como en la fábula de Esopo es la causante del mayor bien y del mayor mal; pactar la paz o declarar la guerra.

Autor: Queta Simental