Volverse “loco” es tan fácil…
basta un susto, un parpadeo, a veces menos.
Y se dicta la sentencia:
“A los hospitales psiquiátricos a vivir.”
¿Quién osa empuñar la regla de la sanidad?
¿Con qué han medido lo que no tiene principio ni fin,
ni pies ni cabeza, –mucho menos cabeza–?

Antenas cósmicas de radio,
telerreceptores holográficos
en una amplitud o en otra.
Eso somos.

La mujer desaliñada y grosera
que delira en la calle desnuda de coherencia,
abandonándose en un ensueño agridulce
más hermoso que la niñez,
se entrega tributariamente
al llamado persistente de lo absoluto.
Que es caos.
Sin que en ello haya merma o crimen.

Los locos incuban en su cerebro
la solicitud caprichosa del universo.

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