Es amarillo para ser atractivo para los dos sexos.
Su carne es blanda en el junquillo
elevado para alcanzar, dividir los cielos.
Piel a la que ha rociado la hermosura,
pólenes dorados esparcidos en todas direcciones,
pétalos que enamoran la mirada:
todo él es una maravilla.
Madura con el proceso de la exquisitez:
es el poeta mismo, a mitad de las aguas remansadas,
meciéndose como un niño olvidado del mundo.
O solo, por desapego, a la orilla.
Y es, como el placer, imaginante,
un mundo autosuficiente
donde sólo puede caber uno.
Pero todo esto es, en realidad,
una infracción al orden del hombre,
porque, ¿qué sucede cuando así alcanza la perfección?
Se repliega y empieza a morir por amor,
adentro de sí, oscuramente deleitando su adiós
ante ojos horrorizados que condenan su extravío.
Flor majestuosa, sí,
pero también pestilente.











