Para los mayas prehispánicos la muerte no era un fin o aniquilación, pues era una forma de vida. Muerte y vida se asumían como complementos, partes de un mismo proceso existencial. Esta interpretación dual se extiende también a la de un cuerpo habitado por un alma anímica. Para ellos, el cuerpo podía destruirse en la muerte, pero los componentes emocionales del corazón viajaban al inframundo o Xilbaba, imaginado con forma de pirámide invertida, donde eran limpiados de trasgresiones para volver a encarnar luego en otra persona. Los mayas también conocieron el sacrificio humano, considerado como la mayor expresión religiosa.
Se piensa que compartían el cielo de los aztecas a donde iban guerreros y mujeres muertas en parto. Pero tenían también un paraíso terrenal, lleno de abundancia, en cuyo centro había una ceiba, árbol que representa la unión del cielo, con la tierra y el inframundo. El descenso a éste es referido en sus textos sagrados como un camino lleno de pruebas con un sentido de búsqueda de conocimiento. Tenían un dios de la muerte, Ah Puch, representado como un esqueleto con ojo. Él habitaba en el Xilbaba con otras divinidades que enviaban enfermedades a los vivos; y junto con la fuerte princesa Ixquic, madre del sol y la luna, figura importante de feminidad.
Los mayas enterraban a sus muertos para honrar a la tierra y acercar el cuerpo al inframundo, comúnmente en el suelo de sus casas; mientras que los jerarcas tenían tumbas especiales, adornadas, y para ellos se hacían ceremonias públicas. Los cadáveres eran pintados de rojo y amortajados; y eran acompañados de objetos de lujo, algunos de los cuales se conservan en la actualidad.










