Aquel que vuelve de la guerra
anda un camino de hojas muertas y decoloradas mariposas.
Las ondas de la humeante tierra en la llanura
elevan y quiebran su frágil pensamiento.
Sobre el lomo carga sus precarios bienes.
Aquel que vuelve de la guerra
sangra su pie en la impiadosa grava
de los caminos confundiendo sus vertientes.

II

Una solitaria rama de obelisco que se mece,
rosada, hermosa, indiferente; una reja alta y oxidada;
las espinas de la oportunista enredadera
trepando las estatuas orientadas hacía el sur:
así es el jardín.

Adentro, la casa abierta; y nada más.
Sólo la arquitectura antigua y sombría.
Ningún silencio quebrado por el llanto de la esposa piadosa,
por la inocente risa del niño sin sospecha del padre;
ninguna sombra humana entre las sombras:
un salón enorme vaciado por el hurto,
un montículo de polvo sellando el hogar.

Aquel que vuelve de la guerra intuye a la esposa extraviada, amarilla,
y a los hijos dispersos por el hambre.
Su frágil pensamiento, acostumbrado a perder,
se atrinchera en sus precarios bienes.

III

Aquel que vuelve de la guerra
supo siempre de algún modo que el cielo no escucha,
que a favor no conspira el universo,
que la miseria está hecha a la medida del destino,

que están hechas para ser rotas por Dios
las promesas del hombre.