Vivo en una casa vacía
donde el viento helado entra por las ventanas gastadas
y me azota
justo al rincón más estropeado y fúnebre.

En la gruesa capa de polvo que todo el suelo cubre
tan sólo hay unas huellas: las mías.
No hay muebles: sólo un enorme espejo
en cuyo fondo me espera para siempre
la decepción más tremenda y el más negro horror.

¿Quieres recorrer sus desolados andadores,
sus jardines erosionados y ver como el techo cae
lenta y monótonamente sobre mí a pedazos?

Sólo baja por la cuesta de las callejas turbias
y encuentra la casa sin número y sin puertas.