Estabas solo bajo la lluvia y tu casa estaba lejos.
Caminaste por el fango y bajo el techo de madera, aquella tarde,
te apretaste en el regazo de tu abuela y te sentiste por un instante completo.
Pero tu madre estaba enferma y sabías que moriría pronto.
¿Recuerdas el llanto de las aves sobre tu ventana?
Las alegrías durante la juventud son efímeras fogatas
y siempre sobre nosotros se tiende completa una mano desconocida,
la misma mano que tira los huevos del nido durante la tormenta.
Tu madre preparaba una sopa que era tibia
pero todas las madrugadas se crispaban de hielo.
¿Recuerdas cuando los pájaros morían alrededor de tu casa?
Tú eras tan solo un niño.
Pero ahora que eres viejo y calientas la leche sobre brazas desechas
y que observas los árboles secos donde las aves cantaban,
te sigues refugiando de la lluvia inclemente
y huyes también del frío de madrugada
y en tu alma persiste el miedo
a la mano desconocida que sobre todo se cierne.











