Llevo esta nube como un sino,
el sino maldito de saberme dueño de esta copa
y no saber con qué colmarla.
Sólo las manos bondadosas recogen la fruta,
manos de aquellos seres gratos que duermen bendecidos en la tierra
y que al despertar saludan el trino y el arroyo.
Yo soy el hijo renegado en cuyas manos se pudren las flores,
el excluido, quien atiende en la madre tan sólo la enfermedad y el hedor.
Mi nube me acompaña cuando camino al lado seco y duro del bosque
y recojo las setas con el veneno.
Y es mi nube entonces compañera
de mis piedras y de mis hojas secas.
Soy de los que huyen del mundo de las casas
y emigran hacia los atardeceres,
desterrados en su tierra, estériles en su juventud,
marcados en su frente
con el signo gris del infortunio.
Sólo los audaces apuraron la poción;
sus nombres hoy soy sólidas estatuas
y algunos hemos brindado por ellos.
Yo soy de aquellos no elegidos,
para quienes protagonizar una tragedia es imposible.
Y llevo también esta nube cada vez que mi copa se colma de veneno
y es entonces reflejo opaco del sol que entibia mi espalda.
Amanece y miro los mañanas llevaderos.
No bebo.
El signo de mi frente no es negro ni blanco.











