Espera en el crucero
con pantalones justos y esa mirada
en que cada pestaña es una antena.
No es necesario un cartel: todo en él invita:
carne fresca, roja elasticidad.
Los transeúntes en sus carros lo miran bajo sus gafas.
Se ha aromado de dudoso perfume que,
si no cautiva, disimula el tufo a cigarro y sudor ajenos
impregnado en sus ropas.

Ha dejado lápices
por un día de paga cada día.

Ante el desfile de hombres prefiere imaginar ser el astro
de un orbe como aceitado,
(en el que no sabe que resbala)
hecho para el placer. Y en la complacencia
siente el sacrificio golpeando en sus adentros.

Astro roto, aparente,
de lo que dura su noche.

Al volver,
el padrastro que le ha impuesto oficio,
le arrebatará el metal cobrado. Apenas sí
le ha dejado para una prenda nueva radiante.

Si no, es la bofetada que no se discute,
la vejación del castigo en que el hogar se hace infierno.
Del que no escapa, porque asume, con todos,
que no hay lugar mejor para recogerse
que la casa familiar.