En Armenia se documenta la creencia en los dachwar, seres oriundos de las montañas altas que tienen la afición de chupar la sangre de los pastores dormidos, perforándoles los dedos de los pies.[1]

La figura de rasgos vampíricos más popular entre los árabes es el gul o gulo, ya referido en las historias de Las mil y una noches, ser cuya alimentación básica consistía en cadáveres y sobre todo sangre.[2]

Los hebreos, además de poseer en su mitología a Lilith, primera mujer de Adán, que se rebela contra éste y es condenada por Dios convitiéndola en demonio nocturno que se alimenta de sangre (en el folclor, Lilith roba los recién nacidos a sus madres para alimentarse de ellos)[3], creían en un poder mágico o trascendental de la sangre, lo que es asociado al tema que nos ocupa. La prueba de ello se encuentra en su libro sagrado El viejo testamento, donde particularmente en Levíticos 17: 11 se lee: “porque la vida de la carne está en la sangre,[4] así como en el Deutorenino 12:23: “Porque la sangre es la vida”;[5] prohibiéndose por ello en ambos capítulos la ingesta de sangre. De esa creencia hebraica bien pudo provenir la creencia en el poder divino de la sangre de Cristo, la cual beben simbólicamente los cristianos en la comunión espiritual del rito de la Eucaristía, creencia que además tiene también un fundamento en el texto del Nuevo testamento, en el cual a Cristo se le atribuye la consigna de “Aquel que coma mi carne y beba mi sangre tendrá vida eterna.”[6]

Los estudios antropológicos han revelado que el vampirismo ha sido en África una creencia autóctona milenaria, manifestada en mitos que varían según la región o la etnia. Si la creencia en un poder sagrado y mágico de la sangre es común en diversas culturas antiguas, esto se observa sobre todo en las africanas. En Guinea se teme a los owenga, espíritus malignos de hechiceros que en vida fueron muy crueles y que regresan de la muerte para robar la sangre de los vivos. En Ghana se teme a seres que atacan sigilosamente a las personas cuando duermen para absorberles sangre de la punta de dedos y manos. En Malí se cree en la conversión de hechiceros en murciélagos o seres de características vampíricas.[7] Entre los hereros del sudoeste africano se teme el regreso a la vida de los antepasados que murieron descontentos, pues se cree que pueden resucitar para reclamar deudas o agravios del pasado.[8] En realidad, esta creencia en el poder mágico de la sangre sigue vigente en algunos rituales africanos, que han sido dramáticamente revividos aún en tiempos recientes. En Kenia, hacia 1954, el movimiento guerrillero Mau Mau practicó la ingestión ritual de sangre durante las ceremonias de toma de protesta: se bebía sangre de corderos y en algunos casos de blancos asesinados.[9] Por otro lado, los no muertos siguen gozando de bastante popularidad aún en la actualidad en algunas zonas africanas. En Mozambique, por ejemplo, hubo un caso de psicosis colectiva durante el mandato del presidente Samora Moisés Machel, a mitad de los años setenta, en la que se reportaron supuestos ataques de vampiros. La gente, presa del pánico, salía de sus casas con el fin refugiarse en edificios públicos de los bebedores de sangre. Cuando los portugueses llegaron a dicho país en 1948 encontraron la creencia, arraigada entre los nativos, de seres nocturnos que aparecían habitualmente para beber la sangre de animales y personas, pudiendo matarlos.[10]

El folclorista británico Willoughby Meade refiere en su libro Chinese ghouls and goblins (1928) que en China existe la creencia en seres vampíricos capaces de convertirse en diferentes animales, considerados diablos, que adquieren forma humana a expensas de un cadáver, y que se alimentan de sangre.[11]

En Asia, en Malasia, hay en el folclor una gran cantidad de seres sobrenaturales malignos con cualidades vampíricas. Dos de los más característicos son el bajang y el langsuir; este último es el espíritu de una mujer muerta en parto que se convierte en un monstruo de largas uñas afiladas que chupa la sangre de los niños de corta edad, muy parecido al penangalam del sur de Asia. También en la misma zona del sur de Asia se refiere la creencia en pequeños vampiros que habitan botellas y son llamados polongs.[12]

En Oceanía el mito también ha estado presente desde épocas antiguas. De hecho, aún en la actualidad, en algunas islas de Polinesia, se cree que las almas de unos muertos llamados tii salen por las noches de sus tumbas y penetran en las casas de los vivos para absorberles la sangre, pudiendo llegar a matarlos.[13]

Finalmente, en América se documenta lo mismo la creencia en seres similares, así como la ya referida creencia en el poder mágico de la sangre asociada al vampirismo. Por ejemplo, los indios kwaitkyth de Norteamérica tenían la costumbre ritual de beber la sangre de sus enemigos vivos o muertos.[14] Entre las culturas mesoamericanas originarias, la sangre era usada ritualmente de diversas maneras: derramándose, ofrendándose a los dioses, bebiéndose en épocas de guerra.[15] Los aztecas creían que debían ofrendar sangre en sacrificio a los dioses para mantener el equilibro del mundo. El dios del sol y de la guerra, Huitzilopochtli, era el que exigía un mayor tributo: había que tributarle diariamente sangre para que resistiera su lucha contra los poderes de la noche y al día siguiente pudiera seguir saliendo el sol; los sacerdotes aztecas sacrificaban unas 20,0000 víctimas anuales. Tenían también en su mitología a una bruja que chupaba la sangre y se podía trasformar en varios animales, atacando a la gente, teniendo la capacidad para hipnotizar a su victimas.[16] También en México, durante la época de la Conquista, se creía en brujas-vampiro llamadas civateteo que atacaban los sábados en los cruces de caminos o se introducían a las casas donde había niños de corta edad para chuparles la sangre.[17] En Perú las antiguas civilizaciones creían en la existencia de unos seres llamados canchus o pumapmicuc, que se deslizaban en las casas y chupaban la sangre de jóvenes y niños dormidos, tomando con ella parte de sus vidas.[18] En Guayana, tenemos al azeman, ser femenino a medio camino entre el vampiro y el licántropo, al cual la luz del sol le resulta mortal y sale de noche convertida en animal a chupar la sangre de víctimas humanas.[19] Por último, en Nicaragua se creía y aún se sigue creyendo en la existencia de mujeres vampiro llamadas iguaris que atacan a los seres vivos para robarles la sangre; sólo que en este caso no la beben, sino que la guardan en vasijas para ofrendarla al Diablo. Se ha propuesto que esta creencia fue traída por los esclavos negros proveniente del Congo y Guinea.[20]

Como hemos podido apreciar, el mito vampírico ha estado presente en tradiciones culturales muy alejadas entre sí, y se puede decir que la creencia en él data de tiempos muy antiguos, probablemente de después del Paleolítico Superior, cuando se piensa que el hombre primitivo empezó a creer en una vida después de la muerte, teniendo ya la creencia en el poder mágico de la sangre como esencia de la sacralidad de la vida;[21] según numerosos, mitos y ritos ceremoniales, quien toma la sangre de otro se alimenta de su espíritu y adquiere su energía, sus dotes, su juventud y un mayor poder.[22] [23] Es posible que también creyera que en ocasiones los muertos, bajo algunas circunstancias, pudieran regresar de aquella otra vida y entrar en contacto con los vivos.[24]

Finalmente, habremos de señalar que, si bien el mito es universal, la figura del vampiro que ha heredado la cultura occidental proviene esencialmente del folclor de Europa Central y Oriental, donde de hecho la creencia en vampiros signó la historia de esos pueblos durante casi dos siglos, causando un verdadero terror popular y el interés de científicos, pensadores y escritores de la época, como vamos a ver en un capítulo sucesivo. De hecho, en algunos pueblos rústicos de esta región la creencia pervive hasta nuestros días.[25]

[1] Ibídem, p. 62

[2] Ibídem, p. 64

[3] Siruela, J. (2010): Op. cit., p. 12

[4] Anónimo (2003): La biblia (Serafín de Ausejo, trad.). Herder: Barcelona, p.145. De hecho, se insiste en esta misma idea, con iguales palabras, nuevamente en el versículo 14 dos veces.

[5] Ibídem, p. 226

[6] Arancil, M. G. (2002): Op. cit, p. 47

[7] Ibídem. 47 y 49

[8] Ibídem, p. 48

[9] Armenta Oikawa, N. (2004): Op cit., p. 19

[10] Arancil, M. G. (2002): Op cit., p. 51

[11] Ibídem, p. 52

[12] Ibídem, p. 57

[13] Ibídem, p. 60

[14] Ibídem, p. 52

[15]Contreras, Ansberto Horacio (s.f): “El mito del vampiro” [en línea]. Disponible en: http://encuentropsicoanalitico.com/s3/mitovamp.pdf [consultado el 7 de enero de 2013]

[16] Sánchez-Verdejo Pérez, F. J. (2011): Op. cit., p. 294

[17] Armenta Okiwa, N. (2004): Op. cit., p. 20

[18] Ingelmo, Salomé Guadalupe (1999): “La sangre es la vida. A la caza del vampiro semítico” arte [en línea] en Isimu. Revista sobre Oriente Próximo y Egipto en la Antigüedad No. 2. Universidad Autónoma de Madrid: Madrid, p. 144 Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=3016649 [consultado el 12 de marzo de 2016]

[19] González Christen, A. (2003): Op. cit., p. 54

[20] Arancil M. G. (2002): Op. cit. p. 54

[21] Eliade, Mircea (1999): Historia de las creencias y las ideas religiosas. Paidós: Barcelona, p.68

[22] Cfr.: Morales Lomas, Francisco (2013): “El recurso al vampirismo en la narrativa actual. De Polidori a Stephenie Meyer. Claves y fundamentos [en línea] en Anelecta Malacitana. Universidad de Málaga: Málaga, p. 124. Disponible en: https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=4290903

[23] De hecho, hasta recientemente se ha podido comprobar esa tradición en los massai de Kenia y Tanzania que alimentan casi exclusivamente a sus jóvenes de sangre animal en una práctica ritual mágico-religiosa. Cfr. González Christen, A. (2003): Op. cit., p. 55

[24] Ahora bien, Bruce Wallace aventura una hipótesis que no deja de ser interesante: sugiere que el temor a los vampiros

pudo haberse originado entre los moradores de las cavernas. Durante las primeras etapas de la enfermedad, quienes habían sido mordidos por murciélagos rabiosos irían internándose cada vez más en la oscuridad para escapar de la luz. Durante las últimas etapas emergerían de ella convertidos en locos agresivos que intentarían morder a los demás. Las nuevas víctimas de sus mordeduras harían que el ciclo volviera a empezar.

Citado en: Erreguerena, Josefa María (1996): “El mito del vampiro en el cine” [en línea] en Anuario de Investigación 1996. Universidad Autónoma Metropolitana: México, p. 118. Disponible en: http://148.206.107.15/biblioteca_digital/estadistica.php?id_host=12&tipo=CAPITULO&id=705&archivo=26-705ffs.pdf&titulo=El%20mito%20del%20vampiro%20en%20el%20cine [consultado el 12 de marzo de 2016]

[25] Al menos en Rumanía, uno de los países con mayor tradición vampírica el mito, a pesar de lo que declare el gobierno, sigue estando “de lo más vivo” entre la gente del pueblo. Cfr.: Solares, Ignacio (2013): “Drácula: la inmortalidad del mito” [en línea] en Revista de la Universidad de México No. 111. Universidad Autónoma de México: México, mayo, pp. 21 Disponible en: http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/385/public/385-2948-1-PB.pdf [consultado el 14 de abril de 2014]