A través del vasto y profundo abismo que al navío engulle;
más allá de las montañas imantadas, de las fortalezas cayentes
y del afán interminable de los hombres
mi presencia sentirás como un susurro.

A veces como la risa de un niño,
a veces como el lejano lamento de un ave,
escucharás mi llamado.
Y, para que puedas siquiera sospecharme,
descubrirás en las oscuras cercanías
un perro mirando en tu mirada.

Y bailarás. Bailarás conmigo en la distancia,
como baila eternamente la luz con la penumbra.
Con un ojo que mira más allá miraras;
y la tierra donde tú habites lucirá su embriaguez.
Una a una se revelarán ante ti las graciosas armonías;
y recordarán tus sentidos su flujo en lo inervado,
aquél mágico lazo en La Caída roto y perdido.

No te importe el aullido del perro en las veredas
ni el súbito cambio en lo viviente en tu morada.
Sólo siente estos brazos fuertes circundándote,
la hermosura desatándose,
el aliento que congela,
la angustia, el ansia…
el éxtasis.