Tan sólo una palabra
para decir adiós a lo que dejo
y a lo que amo: adiós.

Nada me llevo. Todo se queda:
las ventanas descolgadas;
los curiosos balcones a la tarde asomándose;
las estrechísimas calles donde acaso no crecimos,
donde una noche anudé una constelación azul
con un listón de tu pelo, y te la regalé
a escondidas de nuestros padres,
donde acaso creerás escuchar mi voz
angustiada y presa en las paredes.

Y el miedo será una inapelable estatua.
Y de pronto la inquietud y el espanto;
y de pronto despertaré y estaré solo
en el cuarto junto al jardín donde la estatua se yergue.

Sólo un adiós
a los deseos de plomo en el fondo de la fuente,
a las casas de los amigos que no vuelven,
a la buganvilla púrpura deshojándose,
a las tardías bicicletas que en sus llantas arrastran el eco
de la canción de un adolescente.