Las olas golpean y se arrastran deshechas, humilladas.
Una música lánguida arrastra una delirante y última nota.
Hacia el crepuscular horizonte huyen las aves.
Aquí vine a aceptarlo. A esta playa desolada y yerma.
Que nuestro amor no fue la hoguera para consumir mis horas,
ni la lámpara que alumbraría la permanencia del miedo por el miedo mismo.
Aquí vine por fin a aceptarlo,
donde uno a uno pierden su brillo los colores del universo,
a la hora en que la tarde entrega, vencida, su pesadumbre a la noche.
¡Cómo se va hundiendo la ostia enrojecida,
como teñida en una sangre endeble!
Suena en la bóveda de mi cráneo tu recuerdo
como si fuese el cercano zumbido de un tábano,
y se pierde la sombra asfixiante del fracaso –mi sombra– en las arenas.
¡Qué angustia de sentirlas resbalando por mis dedos
como de entre mis brazos que expectaban contenerte una eternidad resbalaste,
pronunciando una frase de despedida que fue mi epitafio!
No hay otra palabra. Mi voz ni siquiera sería respondida por el eco
a mitad de la ausencia.
Lejos resplandece la ciudad. Allá el movimiento;
allá los hombres en sus luchas constantes, en sus afanes de espuma.
Lejos la más cercana estrella que será retirada de mis pupilas.
Dejen que los perros laman la sangre coagulada,
que los cuervos coman mis ojos y se roben mis zapatos.
Yo quedaré como el sediento que cae sobre el desierto:
dormido sobre una roca plana, exhausto
y sin regreso.











