Recuerdo cuando supe de Netflix en algún momento de 2011. En aquel momento yo era un ávido consumidor de piratería: películas, música, software, y la idea de pasarme al lado legal a cambio de un módico costo mensual, no me desagradó para nada.
Consumir piratería en ese entonces no era para nada un paseo por el parque, se necesitaba tener paciencia y astucia para buscar los enlaces adecuados, conocer las artimañas de los distribuidores que buscaban monetizar las descargas a través de miles de anuncios intrusivos, y esperar a veces días enteros para poder terminar de descargar las múltiples partes que había que descomprimir al final del proceso, a veces solo para descubrir que teníamos archivos corruptos.
En aquél lejano escenario la idea de pagar unos pocos cientos de pesos era la llave de entrada no solo a la legalidad, sino a un aparente mundo de posibilidades infinitas: una sola llave para desbloquear miles de películas, series o documentales, una cantidad ridícula de contenido que sería imposible conseguir uno a uno en compras físicas o incluso que simplemente no se conseguían.
Y así se fue hilando un nuevo modo de consumir contenidos, en la mayoría de casos, sin siquiera darnos cuenta.
Hoy en día el panorama me parece completamente al revés: ya no somos dueños de nada. Vivimos con todo prestado, y ahora corremos el riesgo de pasar también de la frontera del entretenimiento y del contenido a otros aspectos de la vida: educación, información, software, deporte, etc.
Asimismo, terminamos pagando mucho más, engañados por la ilusión de un módico cargo de trescientos pesos mensuales. Seguramente si sacáramos el total de películas que vemos al año en Netflix, y hacemos la comparativa de cuánto nos habría costado comprar cada una, seguramente estamos pagando un sobrecosto terrible.
Para dimensionar lo anterior, de acuerdo con un estudio de Bango, pagamos en promedio un total de $9,168.00 MXN pesos, con suscripción a 3.8 servicios por persona. Los servicios más frecuentes son: música, películas y videojuegos.
El modelo aún tendrá múltiples defensores, seguramente. Desde mi punto de vista, estamos en una etapa previa a la declive y decadencia del modelo de negocio. Estoy seguro que eventualmente se volverán a apreciar servicios sin DRM o la compra física de productos reales, pero ese momento aún está lejano.
Por fortuna, aún hay opciones de resistencia para quien busque economizar y ser dueño una vez más de lo que lee, lo que ve o lo que escucha: un nuevo auge de los formatos físicos de distribución en Música, múltiples proyectos de preservación de videojuegos, y el invendible libro físico.
Para concluir, me gustaría alentar a las personas a realizar el cálculo mensual y anual de sus gastos en servicios de suscripción, a valorar el hecho de volver a ser dueños de sus cosas y no solo rentarlas de por vida.

