Si sólo estuvieras aquí, esta tarde de mal agüero en la que el viento va silbando por las calles como una loca, podríamos los dos, tal vez, ir por un café a las grandes avenidas y, caminando bajo la niebla, uno al lado del otro, mirar cómo sobre los automóviles se ha congelado la brisa, y allí, en sus vidrios, con los dedos escribir nuestros nombres.

Si sólo estuvieras aquí, quebrando con tu voz esta quietud en la que el único sonido que hay es el de la tos del enfermo en la habitación contigua, podríamos los dos, arropados en la misma cama, leernos poemas como dos novios compartiéndose un secreto. O simplemente mirar el techo para darnos cuenta de que nunca caerá sobre nosotros.

Podríamos… Bueno. Quiero decir… ¿Cómo decirlo?

Mi mano buscaría la tuya para rozarla en una falsa casualidad, mientras te hablo desde el fondo de mi soledad, como en un confesionario.

Sí: hay tanto que tengo que decirte de cerca, al oído tal vez, o en voz baja, para que los vecinos no se den cuenta.

Hay la necesidad imperante de comunicarte lo que no sé si podría decir por tímido; pero lo que te diría a perfección mi mirada desnuda.

Algo que no sé si me engrandece o me avergüenza.