La vida es hermosa pues tenemos
licores de excesiva melancolía,
jardines donde admirar las estatuas,
aposentos repletos de jirones de memoria,
música y pinturas antiguas.
Tenemos miedo y mejillas fáciles de ruborizar
y dioses para ofrendar nuestros cantos primitivos y nostalgias
y guitarras que amplifican la voz en su estómago vacío
y un lago de sueño donde reposar nuestra muerte
y un bosque intrincado de poesía.

Ahora lo sé: la vida es también
el plumón de los gansos caminando cómicamente,
el vellón de la oveja y del zorro la benévola mirada,
los campos sembrados de amapolas,
el manantial naciendo de grutas metálicas
que expresa una música de invisibles cascabeles,
el colibrí suspendido en pleno vuelo como un hada virtuosa,
hongos, orquídeas, catarinas, la aurora boreal,
el crisantemo que en cada pétalo dice: “sí”.

¿Qué más puedo pedir que este prodigio?,
colmena de mieles agridulces,
circulo de júbilo o desesperanza, cerrado siempre;
escalera para subir y encontrar un abrazo
confeccionado a la medida de nuestros brazos.

Tenemos un reflejo donde nuestro espíritu se reconoce:
el océano inmenso, bravío y vehemente, entre litorales preso,
que viene y va murmurando sílabas de espuma.

Y libros, libros donde emparedar a la efímera mariposa.

Y cuencos para las lágrimas
y lunas de plata que se ensanchan.

Y soledad y amor.

Y claros amaneceres imantados de falsas
–a veces reales– esperanzas.

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