Regresa a Insolente este talento vallartense para presentarnos su más reciente cuento.

*



De la manera más brusca, dejé de soñar y despegué mis párpados.

—¡Otra vez esta mierda! –ahogué un grito apenas me sentí vivo.                           

El sabor amargo de despertar otro día se resbaló de mi paladar a la garganta. Cerré los ojos e intenté volver a dormir, pero no pude más que dar vueltas en la mitad de la cama donde estaba echado. El sol de mediodía entraba por las ventanas desnudas del balcón, alcanzando las paredes de la habitación, para después reflejarse en todas direcciones entibiando el ambiente. El resplandor era insoportable, lo odiaba. Quise sentarme, pero la cama no me dejó, me sedujo con un acogedor y vicioso abrazo, hundiendo mi espalda y todas las vértebras de mi columna en el colchón. “Aquí te vas a quedar”. Ahí me quedé, escondí mi cabeza modorra bajo el lado frio de las almohadas, buscando algo de silencio mental, lejos del resplandor que me cegaba. Estuve así un buen rato, con una sensación de vacío creciendo con ansias desde las tripas hasta el pecho. Di más vueltas en la cama, pero no hallé mi lugar; me sentía hecho una mierda, solo quería seguir durmiendo el resto del día.

Parecía que afuera nada rompía el aire, era como si todo estuviese en pausa, todo menos la sirena de una patrulla que se escuchaba cada vez más cerca; su insufrible escándalo despabiló las calles. El ruido chillón me revolvió el estómago, sabía lo que venía e intenté contenerme, pero las náuseas y la saliva caliente me arrancaron de la cama. Apenas alcancé a llegar al baño, un líquido espeso y amarillo salió de mi boca en un chorro desparramado que salpicó el escusado, dejándolo asqueroso. Mi estómago se contrajo una última vez de manera violenta, hasta que ya no hubo qué vomitar. Pálido y con el esófago adolorido por el esfuerzo, me despegué del escusado respirando agitadamente, acicalándome el cabello con mis sudorosas manos. Postrado frente al lavabo limpié las gotas de sudor que se formaron en mi frente, sin poder evitar que se clavara en mí esa mirada en el espejo sucio y desgastado. El reflejo era bastante incomodo; al principio no me reconocí, tal vez por esas arrugas o la barba enmarañada, pero era yo. Jalé la palanca antes de salir del baño, apoyándome en la pared, me sentía como me veía.

Mi celular comenzó a vibrar, deslizándose un poquito sobre la mesa de plástico cada vez que timbraba, lo observaba esperando que en algún momento cayera al suelo, después paró: “Llamada perdida”. Lo siguieron intentando, pero no contesté. Descalzo y casi desnudo fui a la cocina directo al refrigerador; al abrir la puerta, la luz en su interior no se encendió, en realidad no había mucho que iluminar; un pedazo de aguacate más negro que verde, una lata de frijoles a medias y una botella con apenas algo de cerveza de la noche anterior. Aun con el sabor de la cerveza quemada, me la tomé toda de un trago, después devolví el envase vacío al refrigerador. Escuché golpes en la puerta de metal y la voz de alguien que insistía en que abriera, estaba seguro que era la misma persona de las llamadas perdidas. Siguió golpeando la puerta, casi gritando repetía el nombre de alguien que yo no conocía. La ignoré mientras deambulaba por la casa, buscando algo que fumar, pero no encontré más que residuos de polvo cristalino que recogí con un dedo y después lamí; era amargo, pero no tanto como seguir despertando otro día. Las bolsitas de colores sobre la mesa estaban vacías, igual que mi cartera, mi refrigerador, mi cuenta de banco y mi vida.

Detestaba estar sobrio; los flashbacks venían a mí como enjambre de abejas encabronadas, zumbando amontonadas en mi cabeza, a veces solo haciéndome daño me dejaban en paz. Al ver las cicatrices en mi cuerpo sentí culpa; desde hacía mucho tiempo gastaba mis energías en estar drogado o borracho, todo lo que fuera posible. Dejaron de golpear la puerta, por los murmullos supe que había varias personas afuera, pero igual no le di importancia, no quería ver ni esperaba a nadie.

Era lunes 8 de agosto; no necesitaba confirmar en un calendario, mi cuerpo lo sabía desde que abrí los ojos, por eso se retorcía en ansias. Regresé a la habitación casi vacía; hincado frente a la cama, metí medio cuerpo debajo de la base de madera, estirándome lo más que pude para sacar del fondo una elegante caja con cubierta de piel. Limpié el polvo de la tapa con el antebrazo y abrí la caja, en su interior forrado con terciopelo rojo descansaba impecable una Beretta 9 mm negro mate, con el cargador lleno a su lado. Me la había regalado mi padre cuando cumplí 25 años, tenía mucho tiempo guardada; la saqué con delicadeza y con las yemas de mis dedos la acaricié sin detenerme en sus bordes; no sé porque al sostenerla me costaba tanto concentrarme. Parado en medio de la habitación, en calzones a las dos de la tarde con la Beretta en mi mano, les dije en voz alta que estaba listo. Alcé la mirada al techo buscando nada de un lado a otro, hasta que un suspiro lleno de melancolía me la tiró al suelo donde la dejé un rato sin apartar mis pensamientos de ellas, las extrañaba demasiado. Afuera, los vecinos traían un alboroto, su relajo me regresó a lo que urgía, tomé el cargador, lo metí en la pistola, corté cartucho y quité el seguro. Con el tiro arriba caminé a una esquina de la habitación donde recargué un hombro en cada pared, pude sentir el corazón que golpeaba mi pecho con vehemencia.

Levanté la Beretta al tiempo que tomaba una gran bocanada de aire, como si me fuera a sumergir tan profundo en el mar que necesitara todo el oxígeno posible en mis pulmones. La metí a mi boca con torpeza, astillándome un diente con el frio metal que recargué en mi paladar. Mi cuerpo temblaba, los sobacos me sudaban a gotas gruesas que bajaba por mis costillas hasta mojar el resorte de mis calzones. El sabor del metal me hizo salivar bastante, la baba tibia escurría por el cañón de la pistola mojando mis nerviosas manos. Nunca volvería a estar con ellas, ya no podía seguir viviendo con esa certeza. Apretando los párpados con toda la fuerza que suponía tener, hice presión sobre el gatillo, esperando que el plomo caliente acabara de una vez con cualquier posibilidad de despertar otro día.

No se escuchó ninguna detonación y mis sesos no se desparramaron en las paredes; mi dedo no movió el gatillo ni un milímetro, en cambio sentí correr por mis muslos lo caliente de los meados, quise gritar, pero no tenía aliento. Solté el aire que guardaban mis pulmones, desesperadamente los volví a llenar una y otra vez. La Beretta se resbaló de mi boca porque mis manos no la podían sostener, astillándome otro diente antes de terminar en el piso. Un mareo por la hiperventilación me tumbó de rodillas, las palmas de mis manos evitaron que mi cara se estrellara contra el azulejo blanco.

Me puse a llorar desconsoladamente porque seguía vivo. Ahí en cuatro patas lo único que pensaba en ese momento era que la vida me iba a seguir cogiendo sin que pudiera hacer algo para evitarlo, era claro que no había terminado conmigo. Estaba asustado como un perro mojado a mitad de una tormenta, temblando de miedo por los destellos y estruendos sobre su cabeza. Mis brazos quedaron sin fuerzas. Inevitablemente terminé sobre el charco que se había formado en el azulejo con mis fluidos. Ahí tirado y meado, pude volví a dormir.

Faltaban 15 minutos para las 8 de la noche, el cielo lleno de cirros se pintaba de tonos rosas y naranjas, adornando una puesta del sol que poco a poco era devorado por el mar encendido a mitad del horizonte; era algo hermoso de admirar, me hizo sentir plenitud. Manejaba por las calles del centro mientras escuchaba un programa de radio, el locutor y su invitado hablaban sobre cómo identificar algunos trastornos psicológicos muy comunes, subí el volumen y las ventanas para tener más privacidad. En el asiento del copiloto en una caja blanca, iba el pastel de mi hija Daniela que cumplía 8 años. Había sido muy clara en su decisión, no quería fiesta de cumpleaños, solo quería nadar con los delfines y que las velitas de su pastel fueran chisposas. El asunto estaba arreglado, al día siguiente iríamos al parque acuático de la ciudaddonde tenían un show de delfines y por un par de miles podías nadar unos minutos con ellos. El paquete de velitas “chisposas” tan indispensable, se deslizaba sobre la caja hasta caer sobre el tapete bajo el asiento, al llegar a un semáforo en rojo las acomodé para que ya no me distrajeran. La luz roja cambió a verde y avancé a una velocidad moderada, no llevaba prisa, le prestaba atención al camino mientras el especialista comentaba que, en la mayoría de los casos, quien padece tales enfermedades no está consciente de ello y que, si nadie interviene, lo más probable es que el enfermo nunca busque ayuda profesional por su cuenta, porque simplemente ignora su condición. Mi celular comenzó a vibrar, bailoteando en el portavaso, pero no respondí.

La noche estaba cayendo, quedaban apenas un par de minutos para las 8 pm, el locutor despedía a su invitado, no pude escuchar su nombre porque justo en ese momento iba entrando al túnel de la avenida así que la señal se perdió. Con el ruido de la estática pasé a través de él, entre la penumbra y las pocas luces que no estaban fundidas en su techo. Apenas veía el final cuando la publicidad de la radio se desbordó en volumen, al mismo tiempo que mi celular arrojaba pitidos al aire justo cuando la señal regresó después de atravesar la montaña sobre el túnel. 8 pitidos, 8 mensajes de texto seguidos por otra llamada. Quité una mano del volante y la vista del camino para bajar el volumen, el celular seguía bailoteando, pero no contesté. Apenas regresé la mirada al camino, vi el final del túnel y a un coche que precia venir en sentido contrario, pero en realidad era yo quien había invadido carril, los pelos de la nuca se me erizaron. De un volantazo hice chillar las llantas del coche, de uno más recuperé mi carril evitando pegarle a una camioneta que me mentó la madre con el claxon. El coche se había sacudido tanto que la caja del pastel casi caía del asiento, así que bajé la velocidad; abusando de mi buena suerte quise acomodar la caja antes que se cayera arruinando el pastel.

Un estruendo me reventó los oídos, mi cabeza con todo y cuerpo se sacudieron para delante, para atrás, todos lados cuando el coche se impactó de frente con una camioneta y después otros coches que inútilmente trataban de esquivarme. Un Versa azul apareció de la nada dándome la embestida final y sacándome del camino, directo contra la montaña que acotaba la carretera, no sin antes dar un par de vueltas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que reaccioné, cuando abrí los ojos todo mi cuerpo dolía, algo cálido empapaba mi ropa. El coche estaba de lado, olía a humo, fierro y combustible. Como pude me quité el cinturón que me mantenía casi suspendido en el aire. Con un esfuerzo hercúleo, salí del coche que se había convertido en puros fierros retorcidos. Mi brazo estaba roto. La sangre que me empapaba brillaba con las luces de coches ajenos al accidente que me desorientaban y no me dejaban ver nada. Un sujeto se acercó a mí preguntando si estaba bien, si me había lastimado la cabeza o roto un hueso, traté de responderle cuando del otro lado de la carretera vi ese Versa azul idéntico al de mi esposa. Una descarga eléctrica me recorrió la columna, mis piernas se hicieron aguadas dejándome caer sobre una rodilla, enterrándoseme vidrios rotos. Casi arrastrándome llegué al coche azul que estaba de cabeza, completamente destrozado.

A un lado de los fierros, vi tirado un cuerpo, incompleto en el que reconocí la blusa que Daniela le había regalado a su mamá apenas unos meses atrás. Ahogado en dolor, con las costillas partidas apenas pudiendo respirar, deje salir un grito de terror. Las sirenas de una patrulla que se acercaban abriéndole paso a una ambulancia, pintaban todo lo que tocaban con sus luces rojas, naranjas y azules. Tocaban todo menos el aire. Entonces vi a Daniela con medio cuerpo fuera del coche; no se movía, su carita estaba llena de heridas que escurrían sangre. Tirado sobre la carretera, alcancé a tocar su mano antes de perder el conocimiento.

El ruido de la chapa al abrir la puerta de metal me sacó de mi pesadilla; apenas abrí los ojos, pude distinguir a mi hermana Ana parada en el umbral de la habitación, con una expresión que desfiguraba su bonito rostro en una mueca de lastima. Esa mujer hermosa se acercó despacio, con cautela y lágrimas contenidas en sus ojos. Sin importarle ensuciar su limpia, bonita y perfumada ropa con la cantidad de fluidos embarrados por todo mi cuerpo, se hincó para levantarme, entonces me estrechó contra su pecho donde me dejó un ratito, sintiendo sus largos suspiros y lágrimas cayendo sobre mi cabello.

—¿Estás bien? Me tenías muy preocupada, tengo toda la mañana buscándote. –dijo mientras trataba de encontrarme la mirada y acomodaba mi cabello, como a un niño que le van a tomar una foto.

—Todo fue mi culpa, Ana, están muertas por mi culpa… No pude hacerlo, soy un maldito cobarde –le dije rechazando su abrazo después de sentirme cómodo y protegido entre sus brazos.

—¿Que no pudiste? –preguntó. 

De mi nariz salían burbujas de mocos que me embarré al tratar de limpiar. La escena era totalmente patética.

—Ya no puedo seguir viviendo así, yo debí morir no ellas –dije sollozando–. Todos estos años me he estado pudriendo por dentro; ahora que al fin encuentro el valor para irme a la mierda la puta pistola no sirvió, Ana, la puta pistola…

—Chillé.

—¿De qué pistola hablas, Camila? –Otra vez ese maldito nombre. No dejaban de repetirlo mientras golpeaban la puerta.

Desde afuera la voz estoica de un hombre preguntó si todo estaba bien, alguien más decía claves y direcciones a través de un radio. Me di cuenta que eran policías, me aparté de Ana buscando en el suelo la Beretta, pero no la encontré, busqué por todos lados mientras ella me miraba sin entender que pasaba conmigo.

—¡No! ¡Mierda, no! ¿Dónde está?

—Por favor cálmate, todo está bien, Camila. –me decía mientras intentaba alcanzar mi brazo.

¡Chingada madre, Ana, deja de decirme así! ¡Soy Amado, mierda, soy Amado, tu hermano, padre de Daniela y esposo Samantha, deja de una puta vez de llamarme así!

Un policía entró en la habitación preguntando una vez más si todo estaba bien, pero esta vez con una expresión de impaciencia, a lo que Ana muy enojada volteó a verlo clavándole la mirada y sin decir nada el uniformado salió de la casa. Ana se veía frustrada y tan preocupada como cansada, pero su porte era impecable, igual que su cabello, su ropa, su aliento… Ana era perfecta. Recogió del suelo su bolso, lo había dejado caer en el piso para abrazarme. Después de buscar unos segundos, sacó su moderno celular, sobre el que deslizó un dedo varias veces hasta que encontró lo que buscaba, entonces me miró directo a los ojos.

—No sé cuántas veces hemos tenido esta conversación Cam… De verdad ya perdí la cuenta. –hizo una pausa bastante larga y con determinación en sus ojos húmedos continuó–. Te llamas Camila, eres mi hermana y tienes 24 años; cuando tenias 16 te diagnosticaron un trastorno disociativo del que no termino de entender cómo es que te afecta: un día eres la hermana más normal del mundo y de pronto desapareces perdida en tus alucinaciones. Tu condición hace que adoptes o te inventes personalidades que no son tuyas. Tú no te llamas Amado. Eres mujer, Camila.

—¿No soy yo? –dije levantando mis brazos llenos de cicatrices.

Al ver la confusión en mi rostro forzó una expresión que sólo pude interpretar como compasión y me mostró la imagen en su celular. Era Ana con una sonrisa enorme, abrazando a una mujer más joven que ella. Era bonita pero su sonrisa no era tan amplia como la de Ana. De inmediato me reconocí y todo fue más confuso que antes. Al voltear a mi alrededor, mi cama ya no estaba, no había ninguna mesa; todo estaba vacío. Me toqué los pechos y ahí estaban; no estaba desnuda, tampoco estaba bañada en mi propia orina, mi cabello era largo y olía tan bien como el de Ana.

—Hoy en la mañana íbamos a ver a tu psiquiatra. En el camino me dijiste que tenías sed y paramos para comprarte algo, te pedí que me esperaras en el coche mientras yo entraba por una botella de agua. Cuando regresé ya no estabas, así que te busqué como loca, preguntándole a todos por ti. Llamé a la policía y nada. Después de horas recibí una llamada, era la policía y decía que creían haberte encontrado; así que después de explicarles tu condición les rogué que me dejaran hablar primero contigo. Una señora pidió apoyo de una patrulla porque una muchacha se había metido a una de las casas vacías que rentaba, encerrándose. Entonces vine lo más pronto posible.

—Perdón Ana.

Mi hermana me abrazó y salimos de ahí. Abajo había unos quince curiosos igual que varios policías; me miraban con recelo. Ana me llevó hasta el coche, me abrió la puerta pidiéndome que entrara; la gente me miraba y comentaban en voz baja. Ana regresó con los policías para disculparse igual que con la señora. Lamentaba el inconveniente

En la calle, justo a un lado de la entrada al pasillo por donde apenas salimos, había una placa grabada en mármol, como las que se encuentran en carreteras, semáforos y banquetas, para conmemorar a familiares muertos en algún fatídico accidente, casi siempre automovilístico. En esta se leían los nombres, fechas de nacimiento y muerte de una niña de 8 años y su madre. La fecha era de ocho años atrás: 8 de agosto de 2008. Abajo citaba: “Mis despertares saben amargos desde que no dejo de extrañarlas”.

El autor