LSD

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I

Sobre un mar estático me deslizo ingrávido,
flotando sobre luminosos corceles de canto,
y frente a mí las nubes ríen
y se contraen y explotan en mil pedazos de sonido.
Es el momento de lo bello,
cuando los sentimientos sublimes se vierten entre sí
y todas las líneas se confunden en espirales infinitas.
Y sobre este mar
los colores rebeldes de un caleidoscopio
–trazos líquidos de magia–
se agrupan en cúmulos de gozo por aquí y por allá.
Y todas las formas de medición son inútiles.

Melodías sin freno
como cadencias íntimas.

Aromas gratos
como inciensos propios.

II

En un éxtasis de gracia
me elevo al centro de las dimensiones
y soy yo quien da nombre a lo sensible.
Y es mi eje sustento de lo eterno.

III

Pero en algún lado hay penumbra
y las criaturas en las aguas y en la tierra que se mueven sin fin
también compiten y se devoran.
Oh y es tan concebir la pierna rota de una criatura joven.
Los circos de horror vienen y se imponen de lejanos dominios
con sus recias criaturas desbordadas:
las que se arrastran
y las que torturan.
Y la hierba nunca resiste la embestida de los fuertes.
Y todas las cosas nombradas antes
son vulnerables y temerosas.

La luz y el movimiento conciben el amor.
El estancamiento engendra la peste.

IV

El momento romántico
no es el rasguño del albor a través de la vestidura cruel de la sombra
ni la oscuridad dominando antiguos y débiles fuegos:
es la entrega de los polos del universo dual en un abrazo.

Sí, las formas se diluyen.

Pero la memoria persiste.