Aida Monteón nació en Guadalajara, Jalisco. Es contadora y licenciada en Medicina Homeopática. Estudió inglés en Hammer Smith & West London College, Londres. Fue galardonada con el III Premio Internacional de Poesía Palabra Ibérica 2010 por su obra Decantación. Ha publicado el libro de cuentos Juegos Tridimensionales por el que obtuvo una beca del Consejo Estatal para la Cultura y las Artes 2008. Ha publicado también Lo que el ruido se calla (Literalia, 2002). Textos suyos han sido traducidos al portugués e italiano y publicados medios impresos y electrónicos, así como en varias antologías nacionales e internacionales. Tiene una obra dramática publicada: Una muerte al vacío. Coordinó el Primer Foro Internacional de Traducción Literaria en el marco de la Feria Internacional de Libro de Guadalajara 2004. Es integrante del Taller de Traducción del Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara desde 2002.

Aida encuentra que si hay una relación entre su trabajo como contadora y su profesión literaria es que ambas partes conforman la totalidad de su pensamiento (el racional y el poético: son las dos partes de una misma esfera y configuran su propio ser. Por otro lado, “en mi caso la Aída contadora ha contribuido de manera pensante y con frío raciocinio a cómo solventar el aspecto financiero de mi vida para que Aída, la creadora, sobreviva en una sociedad eminentemente capitalista”. Cuentas y cuentos corren en paralelo en su vida.

Entre sus libros favoritos, Decantación es uno de sus más entrañables. Es una obra cuyo campo semántico es el mar. “Es la experiencia de un viaje imaginario, fantástico, amoroso y, como en cualquier viaje, hay de todo; en este caso, el personaje experimenta la desilusión y el desencanto; para poder resarcirse del dolor llega a momentos de locura y a convertirse en monstruo, en este caso una sirena. Tanto el personaje como el poema enfrentan momentos que necesariamente los obligan a decantar su experiencia.  ”Trata también sobre la purificación del ser humano por medio del amor y del dolor en medio es el mar, que todo lava y purifica. Al final es la esperanza la que hace la redención. Este libro surge de una experiencia real.

Respecto a ser poeta, Aída cuenta: “Ser poeta, intentar serlo, me ha llevado por diferentes derroteros; el más significativo es que al escribir me toco a mí misma, me reconozco, me encuentro en las palabras: en cada verso o frase hay algo de mí. La escritura me ha permitido aceptarme; he aprendido a vivir en soledad y silencio, así como a valorar mi pensamiento; eso significa vencer el miedo de expresarse con la suficiente audacia para decir ‘aquí estoy’. La escritura es ante todo el modo físico de testimoniar nuestro paso por la vida.” Esto le da una sensación de libertad, aunque se deje llevar por ese flujo o hechizo de las palabras que acuden a su mente y terminan siendo poemas o cuentos por razones misteriosas y mágicas. Algo que a la poeta le encanta porque la mantiene “a la deriva, en un pequeño caos de fuga y en el rompimiento con lo lineal.”

Y es que ella piensa que la poesía implica “una especie de magia que le impele a uno a alzar la pluma y crear mundos, acaso imaginarios, acaso reales. El hecho no se puede explicar. ¿Acto místico, fenómeno metafísico, don divino? Nadie sabe.” Lo que importa es que queda de testimonio de los poetas y que el arte existe asentando las bases de las culturas en el mundo a través de los siglos.

Aida es una gran lectora. Se la vive leyendo y escuchando música: sus dos grandes placeres. Entre los autores que admira la lista es larga: Juan de la Cruz, Rubén Bonifaz Nuño, Jaime Sabines, Claudio Rodríguez, Miguel Ángel Velasco, Jorge Fernández Granados, Juan Gelman, Antonio Gamoneda, Vicente Quirarte, Gioconda Belli, Enrique Lihn, Dorothea Lasky, José Ángel Valente, Jorge Cuesta, Jim Morrison, Dylan Thomas, William Blake, Ernesto Sábato, María Zambrano, Tomás Eloy Martínez, Claudio Magris, Eduardo Galeano, Julio Cortázar, Thomas Mann, Liz Green, Haruki Murakami, Carlos Castaneda, Clarice Lispector, Maguerite Youcenar, Herta Müller, Lovecraft, Allan Poe, Sakespeare, Sófocles, Eurípides, sin mencionar que también lee libros de medicina. A estos autores los va descubriendo a cada momento, por accidente o referencia, de oídas o en la red. Está atenta a lo que una nueva lectura le pueda brindar. De repente, encuentra en ellas, la frase exacta, “una palabra como un relámpago que alumbra instantáneamente y me deja su luz. Cosas así me pasan a diario; yo gozo mucho con esto, por eso en esa búsqueda soy incansable.”

Algunos autores que han influido en su trabajo son: Olga Orozco, Alejandra Pizarnik, César Vallejo, Walt Whitman, Gonzalo Rojas, Paul Celan, Jaime Sabines y Arturo Carrera. De estos últimos dos aprendió lo que es el poema de largo aliento. De Gonzalo Rojas aprendió el arte del encabalgamiento. De Borges y Julio Cortázar el final inesperado. Sus huellas las lleva muy adentro.

Sus cuentos por otra parte son diversos. Son fantásticos, aunque no hablen de mundos irreales sino “de momentos o experiencias que de algún modo suben a esa cumbre de lo fantástico, teniendo como base una experiencia en la dimensión que llamamos realidad.” En cuanto al teatro, solo ha producido una única obra y lamenta no tener el tiempo necesario para escribir más dramaturgia y dedicarle más tiempo como quisiera.

Como traductora ha trabajo únicamente con poesía. Ha traducido Short talks de Anne Carson, para el Departamento de Estudios Literarios de la Universidad de Guadalajara y una Antología poética de Anne Michaels, publicada por la Universidad de Guadalajara en 2004. En este sentido, considera que el trabajo de traductora representa una gran responsabilidad con el autor original y con los lectores. Un trabajo de lectura detallada y relectura paciente para encontrar cada vez nuevos significados ocultos. “Hay que hacerse uno con el autor”.

También ha colaborado en la FIL como coordinadora del Primer Encuentro Internacional de Traductores Literarios, de lo cual está muy satisfecha con la labor desempeñada. Pero considera que su trabajo en La Otra FIL, en la cual ha colaborado desde 2008, su trabajo con los artistas es más cálido y más directo, aunque extenuante, en un ambiente bohemio donde los abrazos y los aplausos son “sinceros e inigualables.”

Finalmente, la autora recuerda al público las posibilidades infinitas del arte. Que la lectura es crucial para el ser humano, principalmente para los jóvenes que están en formación. “La lectura despierta vías que transforman la condición humana”, finaliza.

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