Mi calle es privilegiada por muchas cuestiones. En primer lugar, porque es un plano inclinado, una costra de cemento sobre la piel del cerro que permite una vista más o menos general de la ciudad entera.

Los vecinos, además, son peculiares. Por ejemplo, el de enfrente secuestra perros y gatos, los mata y se alimenta de ellos acompañando el plato con el humo de la marihuana que quema día y noche.

Al lado, en cambio, vive una familia ejemplar, con una casa bonita, dos carros en el garaje y la imagen del padre de familia es arquetípica: bigote poblado, una calva reluciente, y un genio detestable. En distintas ocasiones lo he escuchado llegar a su casa de noche, amenazando de muerte a un interlocutor incierto a través de su celular al bajar del auto. Después cuelga y te saluda como si nada.

Lo que nadie imagina es que la familia ideal y el adicto que come perros comparten una línea de sangre, pero uno de ellos es la oveja negra. No sabría decir quién exactamente.

Un segundo factor que privilegia la vida en mi calle, es que desde mi ventana puedo ver todo lo que ocurre con apenas el mínimo esfuerzo de voltear ligeramente y apreciar el espectáculo. Cuando llueve, es cuando pasan las cosas más extrañas. El primer fenómeno es que un río completamente salvaje se apodera de toda la colonia. Miles y miles de litros cabalgan sobre el pavimento y se llevan todo lo que encuentran a su paso: perros callejeros incapaces de vencer la corriente, serpientes desplazadas del cerro y a uno que otro indigente.

La mayoría de las personas consideraría desafortunado el hecho de vivir en una colonia donde constantemente se escuchan disparos en la noche, donde las calles se elevan hasta terminar en escaleras por las cuales ya ningún automóvil puede acceder de tan alto, o por las bromas que te juegan los que viven en otro lado. Pero no es así.

En realidad vivir aquí representa un ejercicio constante de la capacidad de asombro, pues, seguramente los habitantes de las planicies considerarían lógico que en calles inclinadas fuese imposible practicar algún deporte, pero la gravedad es algo que los apasionados del futbol vencieron desde siempre; o que se necesitaría ser un ciclista de montaña experimentado para ascender casi en vertical, pero también es común y corriente que las bicicletas se vean subir sin demasiado esfuerzo.

En general, mi calle es el microcosmos de la capacidad humana de adaptación. El aire constantemente lleva en sí el aroma inconfundible de la cannabis o de los solventes, pero a nadie parece molestarle. Los disparos raramente sobresaltan los corazones y después de todo la vista de las nubes sobre tu cabeza podría valer el sacrificio de vivir en una ciudad inclinada.