Hace un par de días tuve el placer de ver la película Sufragistas, para quienes no saben de lo que se trata, ahí les va una muy sintetizada sinopsis: un grupo de mujeres británicas de inicios del siglo XX luchan con todos sus medios posibles por obtener su derecho al voto. El filme me gustó bastante y me dio mucho en qué pensar. Recapitulé que en los últimos años la radicalización de los géneros ha bombardeado las redes sociales, y no confundan, respeto mucho el papel de las redes sociales como medio de difusión para las injusticias cometidas en este mundo. A lo que me refiero es a la sobresaturación de artículos y memes “machistas” o “feministas” plagados de polémicas, donde los usuarios se sumergen en encarnizados debates con argumentos variopintos, desde los muy elaborados basados en hechos sociohistóricos, citando a filósofos, sociólogos y escritores, hasta las trilladas falacias, como: “las mujeres somos mejores que los hombres porque somos multitareas” y payasadas por el estilo.

Hace varios meses, a través de Facebook, leí un artículo “feminista” piterísimo, donde sostenían que sí las mujeres debíamos identificarnos con algo debía ser con jugadoras de futbol, guerreras amazonas y boxeadoras, y que por nada del mundo teníamos que caer en el estereotipo de la princesa esperando a su príncipe azul. Lo compartió una de mis contactos que ostenta ser feminista, cuando terminé de leerlo no sabía si carcajearme de su publicación o marcarlo como spam. Después pensé que, pese a todo, ver ese folclore es interesante, lo que me ha llevado a definir a esas mujeres como feministas de escritorio. Entendámonos, las feministas de escritorio son aquellas que se la pasan quejándose en las redes sociales sobre como la “sociedad machista” pisotea los derechos de las mujeres, y pidiendo igualdad, término que desde mi particular punto de vista es muy subjetivo y moldeable. Miles de palabras, miles de argumentos, todo desde la comodidad de su computadora y sin llegar a nada en concreto.
Reflexioné que las verdaderas feministas están ahí junto a la mujer violada, a las mujeres a quienes se les niega la educación, a la mujer maltratada física y psicológicamente, manifestándose de forma directa en contra de los feminicidios y de la trata de blancas. Y no en publicaciones sin sustancia que para el día de mañana ya nadie recuerda, y que mucho menos, tienen un impacto real.

Recordarán el caso de Yakiri Rubio, la chica que en defensa propia asesinó al sujeto que la violó y quien intentaba apuñalarla. Cuando Yakiri cayó en manos de las autoridades, se desataron las movilizaciones, donde vi a hombres y mujeres luchando hombro a hombro con ella, manifestándose afuera del reclusorio femenil, en las estaciones del metro y en todos los lugares posibles, pidiendo justicia hasta lograr su libertad.

En este punto es cuando me hago la pregunta ¿un verdadero cambio empezaría por erradicar el término machista y feminista? Al intentar responderme la interrogante recordé una anécdota de cuando colaboraba con una pequeña editorial independiente, ahí conocí a una profesora quien también trabajaba con nosotros, ella es casada y tiene un hijo, que en ese entonces no pasaba de los cinco años, se llama Vladimir. Un buen día Vladimir hizo la solicitud directa a sus padres que le regalaran un Nenuco, ellos se escandalizaron especulando sobre la sexualidad de su hijo y cuando le preguntaron por qué pedía un juguete para niñas, el pequeño les dio la mejor respuesta que jamás he escuchado, les dijo “porque ustedes le regalaron uno a mi prima para enseñarla a ser buena mamá y yo también quiero aprender a ser un buen papá”.

Es justamente a ese punto donde pretendo llegar, estoy convencida que tenemos que aprender a educar a las próximas generaciones para que no se definan o encasillen en la radicalización de un sólo término, sino que se asuman como seres humanos sensibles y pensantes, capaces de hacer algo favorable para toda la humanidad y no sólo para beneficiar a un género. Será ese el día cuando veremos un cambio significativo.