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El vampiro y la trasgresión erótica. Parte II

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La crueldad del vampiro está erotizada. Y es que la crueldad y el erotismo se ordenan en el espíritu decidido a trasgredir los límites de lo prohibido.

Esta resolución no es general, pero siempre es posible deslizarse de un ámbito a otro; se trata de territorios vecinos, fundados ambos en la ebriedad de escapar resueltamente al poder de la prohibición. La resolución es tanto más eficaz cuanto que se reserva el retorno a la estabilidad sin la cual el juego sería imposible; esto supone que, a la vez que se da el desbordamiento, se prevé la retirada de las aguas. Es admisible el paso de un ámbito a otro en la medida en que no pone en juego los marcos fundamentales.[1]

El sadismo de ciertos pasajes propios de la narrativa de vampiros, que tienen que ver con violencia, dominación y sometimiento, servirían para explorar las fantasías de poder y soberanía del ser humano. Suscribiendo las ideas de Bataille, podemos decir que

Quien admite el valor del otro se limita necesariamente. El respeto por otro le obnubila y le impide comprender el alcance de la única aspiración no subordinada al deseo de incrementar recursos morales o materiales. La ceguera debida al respeto es común; solemos contentarnos con rápidas incursiones en el mundo de las verdades sexuales, seguidas, el resto del tiempo, por la abierta denegación de esas verdades. La solidaridad hacia todos los demás impide que el hombre tenga una actitud soberana. El respeto del hombre por el hombre nos introduce en un ciclo de servidumbre donde ya no tenemos sino momentos de subordinación donde finalmente faltamos al respecto que es el fundamento de nuestra actitud, puesto que en general privamos al hombre de sus momentos de soberanía.[2]

            Las trasgresiones sexuales del vampiro literario tienen sentido a la luz de la teoría de la trasgresión de Bataille toda vez que para él la represión sexual es el centro de todas las represiones humanas, idea fundamental que comparte lo suyo con el psicoanálisis freudiano. Piensa que la prohibición que sobre nosotros se opone a la sexualidad en general es universal, siendo las prohibiciones particulares sus aspectos variables; estos aspectos particulares[3] (incesto, homosexualidad, necrofilia, perversión, sadismo) son explorados y reinterpretados en general por la literatura gótica, tomando en ello la figura del vampiro un papel muy destacado e importante.

            Las prohibiciones de la moral y la cultura, de acuerdo a la violencia y exceso mismos de la naturaleza no resultan lógicas. Y el espíritu gótico, y el vampiro como su símbolo, se encargará de cuestionarlas. Bataille a través de su exposición muestra que “las prohibiciones en las que sostiene el mundo de la razón, no son, con todo racionales.”[4] Afirma que ellas han sido más bien opinión, siendo su actuación no sobre la inteligencia sino en la sensibilidad, tal como lo hace la violencia misma.[5] Bataille delata el carácter irracional de estas prohibiciones hasta llegar a la conclusión de que la prohibición está hecha para ser violentada.[6] No como una forma de desafío. Sino

como el correcto enunciado de una relación inevitable entre nociones de sentido contrario. Bajo el impacto de la emoción negativa, debemos obedecer la prohibición. La violamos si la emoción es positiva. La violación cometida no suprime la posibilidad y el sentido de la emoción de sentido puesto; es incluso su justificación y su origen. No nos aterrorizaría la violencia como lo hace si no supiésemos o, al menos, si no tuviésemos oscuramente conciencia de ello, que podría llevarnos a lo peor.[7]

El vampirismo literario como la literatura gótica en general es un territorio libre de confiscamiento moral, en donde pueden transgredirse todos los tabús, todas las prohibiciones sociales. Y en realidad ese sería uno de los sentidos de esa literatura. En ese ámbito literario pueden suprimirse las prohibiciones que la actividad de la vida, en su exceso, requiere, confiriéndoles un sentido que se comunicaría con la experiencia religiosa, ya que fundamentalmente lo que es objeto de prohibición es sagrado.[8] A este respecto cabe aquí la idea de la literatura como continuación de las religiones, de las cuales según Bataille es heredera.[9] Siguiendo la misma teoría de Bataille, podemos considerar que el vampiro literario se solaza sobre la representación del hemisferio impuro de lo sagrado, el mal del mundo profano unido a la parte diabólica de lo sagrado.

            Si, como cree nuestro autor, la trasgresión define lo social, el vampiro se instala en la trasgresión dentro de la literatura para hablar de valores profundos que convergen en el terreno de lo social. Trasgresión y prohibición forman una dialéctica perenne, que el vampiro revela y expone:

La trasgresión organizada forma con lo prohibido un conjunto que define la vida social. Por su parte, la frecuencia –y la regularidad– de las trasgresiones no invalida la firmeza intangible de la prohibición, de la cual ellas son siempre un complemento esperado, algo así como un movimiento de diástole que completa uno de sístole, o como una explosión que proviene de la compresión que la precede. Lejos de obedecer a la explosión, la compresión la excita. Esta verdad, que se fundamenta en una experiencia inmemorial, parece nueva. Pero es bien contraria al mundo del discurso, del cual proviene la ciencia. Por eso sólo tardíamente la encontramos enunciada.[10]

Podemos ir concluyendo que las trasgresiones eróticas del vampiro literario son una crítica acerca de los límites del ser, un cuestionamiento del ser ontológico, moral y social.  Lo que se inserta en una crítica más amplia de las categorías y los lenguajes humanos. No se trata, pues, de pornografía u obscenidad[11], sino más bien de estética y filosofía.


[1] Ibídem, p. 84

[2] Ibídem, pp. 179-177

[3] Ibídem, p. 55

[4] Ibídem, p. 67

[5] Ibídem, 68

[6] Ídem

[7] Ídem

[8] Ibídem, p. 72

[9] Ibídem, p. 92

[10] Ibídem p. 69

[11] Bataille piensa además en la imposibilidad de definir lo obsceno. Piensa que sobre todo la obscenidad es una relación. Lo obsceno sólo es si alguien lo ve y lo enuncia como tal, no siendo exactamente un objeto, sino la experiencia subjetiva entre un objeto y la mente que lo piensa. La obscenidad es por ese modo inestable, supone siempre elementos que están mal definidos, o si están bien definidos son arbitrarios. Cfr. Bataille, G. (1997): Op. cit, p. 222.