Experto naval en descuartizamientos por el mero goce de saberse respetado, las mandíbulas del tiburón, dignas de museos, tragan orgullosamente a los náufragos.
Su aleta espaldar es la señal más temida del nadador. Sus fauces se abren, más escandalosamente que el hombre a la bestialidad, para engullir a quien no hace sino retozar en la playa.
Sicario plomizo, es una apología de la violencia de este mundo quimérico. El abismo del océano le pertenece: allí se atraganta de miembros y entrañas, para después nadar plácidamente.
Se le encuentra muy bien en las profundidades del miedo colectivo y en los pasajes sangrientos de las novelas marítimas.
