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El abdomen de mi primo es como una planicie trabajada con sabiduría; su ombligo es un pequeño pozo de esperanza que quisiera llenar de sabroso vino para sorber, hasta enloquecerlo de risas y enloquecerme de embriaguez, de contento. Le soplaría, le haría tantas cosquillas que podría orinarse en los pantalones. Sí, entre las sabanas empapadas nos revolcaríamos los dos, abrazados, buscándonos las costillas para hurgarlas, rozándonos nariz con nariz, palpándonos por doquier, besándonos donde el morbo nos exija. Y el aliento de cada uno, que hemos conocido en la cara cuando dormimos juntos, se fundiría en un solo aliento a júbilo y plenitud. Entre las sábanas así inundadas, con el oído puesto en su vientre, su interior me revelaría su concierto, esa organización que lo hace tan sano. ¡Ah, ilusión, ilusión; absurda ilusión!

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