Habitas la dimensión de los grandes ruidos como amenazas
y, en la ocasión especial, ocupas la dimensión de las risas.

Cuando caminas, la basura se apresura a agruparse a tu paso.

Los perros te aborrecen: te ladran y agraden.
Y a veces hasta algunas piedras pueden caer a tu alrededor.

Y siempre que pegas tu cara a un espejo
–como queriendo adentrarte en una realidad paralela–
observas que el girasol que forman tu iris y tu pupila
está cada vez más ajado.