Fue la primera vez que la marcha se convocó en la tarde. Había una advertencia explícita, las autoridades no querían protestas; de excusa utilizaron la veda electoral, pero todos sabíamos que en el fondo ellos también tenían miedo. Fuertes rumores de represión corrieron por internet y todos los convocados a la Plaza de las Tres Culturas parecían nerviosos. Las cosas en las campañas electorales de pronto se volvieron inciertas.

Era la última marcha del movimiento previa a las elecciones (horas antes de ellas, de hecho). Regina y yo llegamos bajo el cielo estruendosamente nublado. El primer vistazo no era nada alentador: tal vez cincuenta personas, no más. Decenas de reporteros cubrían con bolsas sus equipos fotográficos y de filmación, preparándose para la inminente tormenta que amenazaba con soltarse; esa tormenta que se asomaba además por los periódicos y por el internet.

Poco a poco se fue soltando la lluvia, ni tan grande ni tan poderosa como se esperaba, y poco a poco fueron llegando los contingentes estudiantiles que estaban dispuestos a violentar las prohibiciones lanzadas desde el gobierno que se iba.

Cuando ya éramos muchos, cuarenta mil dijeron los medios, dos helicópteros comenzaron a sobrevolar la zona. El agua había despertado los ánimos: entre el miedo y la incertidumbre todo era una fiesta. La columna inmensa de almas volteaba hacia el cielo y gritaba: “¡preparen, apunten, huevos!”, dirigiéndose a las cámaras aéreas que llevaban meses acusándonos de ser provocadores pagados. Entonces todos comenzamos a andar.

La noche se hizo presente cuando menos lo esperamos, todos sacaron antorchas y velas para continuar el trayecto. Algunas señoras y algunos empleados de edificios cercanos entraban en pánico al vernos e imaginar una turba con sed de sangre. En cambio, automovilistas y otros peatones nos alentaban.

Las consignas no paraban de ser gritadas, retumbando en ecos de voces desgastadas tras marchas previas, las llamas que alumbraban nuestros rostros dejaban ver el cansancio físico, pero todos seguíamos adelante. De pronto, desde enfrente, se comenzó a solicitar el silencio. El contingente se detenía por completo cada veinte metros. Los rotores de los helicópteros de la policía zumbaban como ametralladoras y nadie podía evitar los murmullos. Teníamos miedo.

Acostumbrados a la inmediatez del internet, ignorábamos desde hacía horas lo que se decía sobre nosotros en la televisión. Algunos hablaban de que la policía o el ejército impedirían que cruzáramos Paseo de la Reforma, que nos acercáramos a las instalaciones de la Gran Televisora Latinoamericana. Algunos organizaron cadenas humanas para impedir infiltraciones, pero de alguna forma ello sólo nos puso más nerviosos.

Los helicópteros seguían zumbando, presumiendo el nuevo equipo adquirido, desenfundando virilmente un artefacto negro que jamás nadie supo nombrar: era una cámara o un arma. Algunos comenzaron a desertar, la noche estaba demasiado avanzada, los pies cansados y las gargantas tenían que callarse el coraje y murmurar el miedo.

No pasó nada. No golpearon manifestantes ni aparecieron granaderos, pero aún así la histeria colectiva infectó a gran parte de esos 40 mil que sostenían antorchas apunto de consumirse.

En algún punto Regina y yo decidimos irnos también. En cierta forma aquello fue una primera derrota. La segunda fue al día siguiente; entonces la historia volvió a su cauce, es decir, todo se volvió un caos.