EL MANIQUÍ, poema de Aleqs Garrigóz

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Carente de articulaciones, tieso cual esfinge,
se erige el maniquí, con su sonrisa falsa.
No será prudente que lo llame con todas mis fuerzas.
Nada, ni el menor movimiento.
Ni sus párpados le caen.
Sus pupilas están crispadas,
como si un terror estirado anidara en ellas.

Sus genitales anudados me producen asco.
Encuentro su ombligo. ¿Qué grotesca madre lo habrá parido?
Sé que si despertara de su letargo
sentiría vergüenza, culpa, lástima de sí mismo,
por estar tan solo y tan expuesto.

Él no sabe la fortuna de su condición:
ni su piel será lacerada por el frío
ni el herpes florecerá en su boca.

Rápidamente lo visten y adornan ridículamente,
pero jamás emitirá una queja accidental.
Han traído algunas pelucas anticuadas
y lo coronan como es debido.

Cortésmente me despido de él.
Lo saludo al alejarme, mirando a través de la vitrina,
como si mirara ante un espejo.