Descripción del vampiro Drácula de Bram Stoker

0

Drácula es un príncipe transilvánico. Tiene nariz aguileña, frente alta y amplia, cabello abundante, cejas muy pobladas, orejas largas y puntiagudas, labios rojos e hinchados, mentón ancho y fuerte, expresión dura, mejillas hundidas, manos ásperas con dedos cortos y gruesos, con vello en las palmas. Es alto, y extraordinariamente delgado y pálido, con un terrible aliento fétido. En general se muestra afable, aunque siniestro. Es capaz de sonreír. Su mirada es penetrante.[1] Su pasado es glorioso: se acentúa su aspecto heroico y guerrero, dándole una genealogía ilustre al vincularlo con la descendencia de Atila.[2] Es cultísimo, refinado y de modales exquisitos, aunque en ocasiones se muestra severo y cruel: en una ocasión convoca a los lobos para que despedacen a una madre que había ido a su castillo a reclamar a su hijo desaparecido.

            Como ya se anotó, Drácula tiene poderes extraordinarios, supernaturales, los cuales utiliza a capricho, confundiendo al lector y a los personajes de la novela. En el sentido estricto, a diferencia de la tradición precedente, no es una criatura de la noche de manera excluyente pues también realiza actividades diurnas, aunque de día sus poderes se encuentran menguados por efecto del sol. Su visión nocturna, por otro lado, es poderosa. No come ni bebe nada que no sea sangre. Su poder físico es inconmensurable. Puede aparecerse a voluntad donde y cuando quiera. Es capaz de trepar las paredes. Se vuelve niebla.[3] Tiene poder de mandar sobre los elementos: el agua, la tempestad, el trueno. Controla la conducta de ratas, lobos, murciélagos, caballos y otros animales y puede transformarse en animales nocturnos[4] (al menos en la novela se metamorfosea en ratas, un lobo y un gigantesco murciélago).[5] Por otro lado, aunque al inicio de la novela Drácula es un anciano cadavérico, se trasforma en un joven apuesto y fuerte para seducir a Mina en Londres; ante se había trasformado en el cochero que llevó a su huésped Jonathan Harker al Castillo). Mantiene una corte de exuberantes y lascivas mujeres vampiros, las cuales alimenta con bebés. Trasmite su vampirismo por la sangre: en el capítulo XXI de la novela se abre una vena del pecho y hace que Mina beba de ella para convertirla en su esposa vampira. Una vez vampirizadas las heroínas de la novela sufren a la vez una trasformación que desata su carácter sexual: la dulce y sumisa Mina se vuelve sensual y anhelante de placer y Lucy, una mujer previamente liberada moralmente, se convierte en una vampira de tremenda impudicia y crueldad.[6]

Entre sus debilidades están el que no pueda entrar a ningún sitio a menos que alguien adentro le invite a pasar (después puede volver cuando quiera). Debe reposar siempre en un ataúd con tierra de su propia tierra, el cual debe esconder en un lugar impío. Puede cruzar las aguas sólo si están quietas o crecidas. Le afectan y pueden reducir su poder los ajos y los crucifijos: su sola presencia le hace alejarse en silencio y respetuosamente. Es vulnerable también a las ramas de rosal silvestre y a las balas consagradas.[7]

            Es curioso, pero a pesar de todo su poderío sobrehumano y demoníaco, asociado al Diablo en varias formas, se señala en la novela ciertos aspectos que dan cuenta de un carácter atávico y elemental del monstruo: su animalidad primordial, su mentalidad infantil y su irracionalidad instintiva.[8]


[1] Horacio Contreras, A. (s.f): Op. cit.

[2] Molina Fox, A. (1993): Op. cit., p. 35 y 36

[3] Aunque esto no suceda con efectividad en la novela, el cazavampiros de la trama dirá que también es capaz de aumentar de tamaño o hacerse pequeño, y a veces desvanecerse para no ser visto.

[4] Horacio Contreras, Ansberto (s.f): Op. cit.

[5] Se ha explicado esta creencia de que los vampiros pueden metamorfosearse en murciélagos, lobos y otros animales nocturnos a partir de las interpretaciones cabalísticas tardías que indican que el alma de una persona impura trasmigra al cuerpo de un animal impuro. Cfr. Ingelmo, S. G. (1999): Op. cit., p. 158. Asimismo bien representan la regresión a un nivel de existencia primordial, salvaje y repulsivo.

[6] Molina Fox, A. (1993): Op. cit., p. 48

[7] Bonachera García, A. I. (2013): Op. cit., p. 10  

[8] Molina Fox, A. (1993): Op. cit., pp. 36 y 37