Melissa Niño (Puerto Vallarta, 1984) es licenciada en Letras Hispánicas y maestra en Lingüística Aplicada por la Universidad de Guadalajara. Docente de Lengua durante una década, en la actualidad cursa un doctorado en Antropología Social. Su poesía ha merecido algunas becas y reconocimientos —PECDA 2021, Voces Nuevas 2020, FONCA 2020-2019 y Hugo Gutiérrez Vega, 2018—. Aparece en varias antologías y revistas. En esta entrevista conocemos más sobre sus búsquedas investigativas e inquietudes intelectuales y estéticas.

1.- ¿Cómo fue tu titulación de licenciatura? Y si fue por tesis, ¿cuál fue tu tema y a qué conclusiones llegaste?
Me titulé con un manual didáctico para la enseñanza de la literatura, que elaboré junto a una amiga y un amigo. Los tres fuimos integrantes de La Ventana, una compañía estudiantil de teatro de títeres dirigida por César Orozco, en la que montábamos obras literarias, tanto clásicas como originales. Nuestra titulación fue como hacer un corte de caja: ya íbamos por el tercer año de actividad, sabíamos trabajar en equipo; había confianza y una amistad que perdura. Quizás por eso armamos el manual de manera muy fluida, sin mayores conflictos ni contratiempos.

2.- ¿Cómo fue tu titulación de maestría?
En la maestría me titulé por tesis. Hice una investigación sobre el albur que me ayudó a ver más allá de los prejuicios y clichés que abundan en torno a este género de la oralidad mexicana. Más que la connotación sexual o interpretaciones temáticas, me concentré en la creatividad lingüística y la función pragmática. No me interesaba tanto saber de qué hablaba el albur como sí entender qué hacemos cuando decimos albures. Cuál es el acto comunicativo y su relevancia social. Sólo hasta que fui capaz de formular esta pregunta, pude empezar a desenmarañar la información etnográfica que había reunido de mis meses de inmersión en las taquerías. Pienso que el albur se mantiene vigente no sólo por una cuestión identitaria, sino también porque es una dinámica muy productiva para lograr la comunión fática, es decir, el reconocimiento de quienes formamos una comunidad de habla, que los juegos lingüísticos nos llevan a reafirmar de manera creativa.

3.- ¿En qué nivel escolar eres docente y cómo ha sido esta experiencia para ti?
Fui docente de manera ininterrumpida durante diez años, principalmente a nivel secundaria y bachillerato, con pequeños coqueteos universitarios y hasta una que otra visita al kínder. Al inicio fue desafiante; casi lo dejo. Pero al cabo de un tiempo, cuando aprendí a reconocer la diversidad que entraña todo grupo humano, me emocionó poder observarlo de primera mano y empecé a divertirme. Desde entonces creo en el juego como una metodología educativa, porque vuelve el aprendizaje no sólo entretenido sino interesante, tanto para el docente, a quien saca de la rutina, como para los alumnos, a quienes engancha en verdaderas dinámicas de convivencia que tienen más potencial para lograr conocimientos y habilidades, y, quizás más importante y urgente: el saber ser con los otros.

Ahora estoy en receso; mi programa de doctorado impone dedicación exclusiva. Pero incluso en este ínterin, mi experiencia docente me sigue siendo de gran utilidad. Sobre todo, en cuestiones como organizar mi tiempo, dosificar tareas, planear mi trabajo, etcétera. Ser maestra me ha dado muchas herramientas, me volvió disciplinada, autogestiva y un poco más paciente y amable conmigo misma.

4.- ¿Consideras que tus estudios académicos han incidido en tu creación literaria?

Sí. Mis búsquedas son una mezcla de historia personal y cuestionamientos formales, que a lo mejor no se traslucen, pero están ahí. Primero con la lingüística, que siempre me está tentando a ver qué tan lejos puedo llegar en mi pulsión de torcer estructuras sin que se pierda la capacidad de significar; y ahora con la antropología, que me ha agudizado mi condición crónica del cuestionamiento. Si de por sí ya me gustaba la tenebra, ahora voy cazando nuevos ángulos expresamente, pero esta vez intentando ser yo la que se disloca y se pone de cabeza para ver el mundo en sus detalles.

5.- ¿Desde qué edad escribes poesía y cómo fueron estos inicios?
Desde la preparatoria, con el taller de Kyliel To Cariño González Magaña, mi maestra de literatura de entonces. Bajita la mano, ella sola ha hecho cantera de las nuevas o más recientes vocaciones literarias vallartenses. Recuerdo su taller como una revelación de los presupuestos y sobrentendidos con los que opera el lenguaje, y de cómo desarmar el aparatito. Creo que fue cuando, sin darme cuenta, empezó mi interés por la lingüística; quizás también por eso la poesía fue el género al que me acerqué primero.

6.- ¿Qué géneros literarios escribes?
Poesía, ensayo y —¡no me maten!—  teoría, que también disfruto un montón.

7.- ¿Cómo te describirías como poeta?
Híjole, ¿inquieta y obsesiva? Hasta ahora, en mi escritura he ido del espacio al fondo del mar, a los polos y a los trópicos, de regreso a casa y a lo cotidiano. Lo mismo soy pop y cursi que neobarroca, como me han dicho varias veces.  Pienso que es mi ascendente vallarteño y haber crecido en un tejabán, en el cerro, frente al mar, es decir, en la pura exuberancia. De hecho, el halago más grande que he recibido para mí tiene que ver con esto. Fue de un tutor que me dijo que era pura pirotecnia verbal, y, aunque su intención era la opuesta, yo lo resignifiqué e integré a mi estilo.

8.- ¿Cómo visualizas la escena literaria de tu natal Puerto Vallarta?
Efervescente y prometedora. Ha crecido mucho en cosa de la última década. Afortunadamente, ahora la cultura ya no se reduce a las galerías-buffet para extranjeros; igual, sigue dependiendo mucho de la inversión privada, y el desempeño del municipio deja mucho que desear, pero, a diferencia, tenemos más espacios de formación, talleres, centros culturales, y hasta un festival de poesía propio. Por supuesto, queda mucho por hacer; pero ver cómo empiezan a abrirse caminos para los vallartenses con deseos de incursionar en la escritura es un paso en la dirección correcta.

9.- ¿Quiénes son los poetas mexicanos vivos por quien sientes más afinidad?
Dolores Castro, Coral Bracho, Adriana Ventura, Sayuri Sánchez, Pepe Pulido, Marco Murillo, Juan Azuara, Gustavo Iñiguez… pero es una lista siempre en construcción.

10.- ¿A qué mujeres poetas de la historia admiras?
Admiración se me hace una palabra muy fuerte. Pensaría que se requiere un conocimiento o entendimiento muy amplio, cosas de las que carezco; pero las latinoamericanas me atraen con pasión: Blanca Varela, Olga Orozco, Susana Thénon, Miyó Vestrini, y, —para abrir y cerrar con poetas peruanas—, la maravilla de Julia Ferrer.

11.- ¿En qué revistas literarias has aparecido?
Literarias, ninguna; pero aparecí una vez en Folios, que, con todo y no ser una revista especializada, tiene una buena sección literaria.

12.- ¿En qué antologías literarias has aparecido?
Aparezco en Tierras de Arce, un proyecto con La Zonámbula y la Secretaría de Cultura, gestionado por la hermosa Luz Olivares, quien desafortunadamente se nos adelantó. En el libro verde de Voces Nuevas 2020 de Ediciones Torremozas, editorial española especializada en literatura escrita por mujeres. También en la antología anual del FONCA Jóvenes Creadores para la generación 2019/2020, y en su hermana apócrifa, Me levanto de la silla: Antología (casi) sin autores, que es un proyecto independiente editado por Arturo Loera, un poeta a quien disfruto y admiro. Más recientemente, para variarle un poco, me colé en Instantes eternos, una antología de ensayo sobre el encierro pandémico.

13.- ¿Cuál es tu proyecto de investigación en el doctorado?
Hasta ahorita, mantiene el título de El pulso del náhuatl: resignificación y resistencia lingüística de los nahuas urbanos en Jalisco. Aunque tiene el foco puesto en una lengua en particular, en realidad, es un acercamiento antropológico a la vitalidad de las lenguas originarias en la zona metropolitana.

14.- ¿Por qué te decantaste por la antropología social para estudios de doctorado?
Por mis intereses de investigación y el trabajo con un caso, para mí, paradigmático: los nahuas del sur de Jalisco. Me pesaba y me pesa cada vez que escucho o leo a alguien decir, sin asomo de duda ni consideración, que el náhuatl se perdió, murió, ya no se habla. En el 2010, cuando empezamos nuestro trabajo en y con estas comunidades, eso era lo que más se escuchaba; hablar de revitalización lingüística, como llegamos haciendo nosotros, era un desafío. En varias ocasiones nos topamos con la desacreditación por parte de otros lingüistas. Eso me llevó a reconocer los límites de esta disciplina, y a buscar un marco de comprensión que no me implicara renunciar a mi formación, pero que me permitiera expandir y renovar lo aprendido. Ahora hay una premisa muy en boga: “descolonizar la lingüística”; si bien no lo diría así, creo que mi búsqueda abreva de un deseo similar por tejer una red de sentidos propia. Algo para lo que la antropología me ha venido a dar muchas herramientas, además de que me encanta.

15.- ¿Qué concepto tienes del sistema de repartición de becas en México?
Hablando sólo desde mi experiencia individual, diría que cumple.  Sin hasta ahora ninguna publicación, escasa o nula difusión de mi trabajo, ídem para las relaciones con gente del medio, para mí gran sorpresa, he sido beneficiada con distintos apoyos. Sin embargo, visto más allá de mis narices, me parece necesario reconocer que las  becas ni se dan a todos los que las merecen, ni son garantía. El renombre que acarrean está alejado de su finalidad que es, entre muchas otras, la de oxigenar y hacer crecer en nuevas direcciones la escena, pero vemos que esto no sucede. En parte porque el sistema de becas es solamente uno de los componentes de la política cultural en México; lo que tendríamos que evaluar en redondo es la política cultural.

16.- ¿Cómo suelen ser tus búsquedas poéticas?
Como un sube y baja: muy dirigidas y frenéticas o totalmente espontáneas. Me gusta explorar y desarrollar conceptos, pongamos por ejemplo el concepto de un libro. Para lograrlo investigo, armo expedientes, hago inmersión… Me clavo, pues. Pero también procuro darle su lugar al día a día, a esos impulsos o epifanías que ocurren siempre en medio de algo más y que, a veces, me dejan un objeto y otras me sientan a escribir. Generalmente un borrador de poema que guardo para volver a él después de un tiempo y descubrir que era sólo una oración, una frase, una palabra o un mero punto y coma en el lugar y momento precisos, la pausa, el aire.

17.- ¿Cuál es tu idea personal de la poesía?
Digamos que una de las primeras motivaciones para escribir poesía fue justamente la pregunta sobre qué es eso, y cada vez lo tengo menos claro, la verdad. Es más, ni siquiera estoy segura de escribir poesía. Soy como la ranita de las fracciones moviéndose en sentido negativo. O simplemente ya no me aproximo de modo rotundo, sino aplicado; que no es otra cosa más que escribiendo.

Últimamente pienso mucho en la relación con la ciencia y en las posibilidades de la poesía como forma de investigación o exploración. No me refiero a juegos lingüísticos, descubrimientos semánticos, ni sintaxis rota. Me refiero a descentrar la poesía y medirla contra otros sistemas semióticos como la música, las plantas, ¡los lápices! o cualquier otra máquina que, si es rudimentaria, mejor. En otras palabras, a estirar las posibilidades para ver qué tanto puede acercarse nuestro lenguaje a la expresión de estos seres o entes cuyos códigos sólo podemos imaginar sin certeza de nada. Poniéndome densa, me refiero a la poesía como camino hacia ontologías otras.

18.- ¿En qué género literario te gustaría incursionar?
Crónica. Etnopoesía.

19.- ¿Cuáles son tus obras literarias favoritas?
Las divido en antes y después de la adolescencia. Mi etapa de la adolescencia está marcada por la fantasía, especialmente El señor de los anillos y Un mago en Terramar de Úrsula Kroeber, cuya saga leí mucho tiempo después. Pero también hay otros géneros como la prosa poética, a.k.a. novela, de El amante de Marguerite Duras, que leí en una edición pepenada en A page in the sun, extinta librería-café de la colonia Olas Altas, en Puerto Vallarta, a la que le agradezco haberme puesto delante una oferta alejada de los programas de lectura SEP noventeros. O los libros que los supermercados y tianguis ponían a mi alcance, entre los que atesoro Nada de Carmen Laforet, El embrujo de Shanghái  de Juan Marsé —tengo afinidad por les catalanes— y, un favorito de favoritos, Años y leguas de Gabriel Miró, que tiene la prosa más diáfana, y, por momentos terrorífica, que puedas imaginar. Y ya en mi etapa postadolescente de pretendida adultez, Si una noche de invierno un viajero de Italo Calvino; cualquiera de Mary Ruefle, el día que quieras; Bluets de Maggie Nelson; El árbol rojo de Shaun Taun;  el Diccionario de la Lengua Española o la Gramática Histórica del Español, que sigo intentando entender.

20.- ¿Cómo suele ser tu proceso creativo en la poesía?

Intento cambiarlo. Hay libros como el que obtuvo el premio Hugo Gutiérrez Vega 2018,  que lo he escrito y reescrito a través de los años, a puro ensayo y error.

Para cada uno de los dos proyectos desarrollados con beca,  busqué adecuarme a lo que pedía el texto. En el del FONCA, fue mucha investigación documental; básicamente porque no tenía modo, ni medios para irme en una expedición submarina con destino al infierno en donde muere, se recicla ¿y renace a diario?: la tierra. Después, para mi proyecto con el apoyo del PECDA Jalisco intenté algo menos cerebral —según yo—, empezando con la autovigilancia para no caer en la documentitis. En lugar de eso acudí a mi archivo de los trabajos favoritos de mis alumnos y a libros infantiles; en ellos encontré el tono-expresión que buscaba. Luego, seguí una antirutina de escritura. Armé listas de canciones de acuerdo con las atmósferas que quería lograr, y, antes de acostarme a dormir, me encerraba en un cuarto a escuchar con la única consigna de resistir y no garabatear ni la más mínima nota, sino hasta el día siguiente. Quería empaparme de no sé qué. Eso hizo que a veces no picara nada en semanas, mientras que otras, podía conectar días enteros de escritura al hilo.

Fuera de eso es la cotidiana, aunque sólo ocasional pesca de poemas sin lugar en la mesa.

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