A Rosario Castellanos


Atado de manos, más avergonzado
que el ángel funerario de un sueño imbécil,
eructando hacia el cielo y con la certeza
de haber sido tronchado en lo profundo,
he venido a mendigar a estos papeles despoblados,
aquí donde tu memoria aún prevalece,
pequeña y constreñida por el paso brutal del amo.

Porque el amor me acosó el tuétano
y me hizo caer arrepentido de existir,
te recordé mientras el borbotón salía
para vivificar al mundo: la carnicería;
mientras saqueaban la esperanza del altar patético
y el demonio escupía su latigazo en los hombres.

Sumiso a la bestialidad terrestre,      
predicaré todavía tu chispazo lívido en la sombra
o el anonimato de las aguas estancadas
lamiendo la sal de las rocas cuyo desamparo
sea semejante al nuestro.
Y ofreceré también ambas mejillas al golpe,
por no contaminar más con cólera
este gas letal que no alcanza para dos.

Tú siempre supiste que nacer es humillarse; 
que no hay visión más terrible
que la de nuestra mutilación, desierto adentro.
Y me lo enseñaste con un gesto derrotado,
con una página que tiembla y no desfallece.

Me enseñaste, también,
que sin brazos queremos abrazarnos
flotando en un mar de deyecciones.
Somos barcos en ruina a la deriva,
la amargura de la hiel, cadáveres roídos, pus.
¡No tenemos siquiera oportunidad de ser peores!
Lodo necesitaríamos en la boca.
Y ni el granizo podría pertenecernos.
(En el alarido los colmillos nos encuentran
y algo en cada rostro caníbal nos acusa
por el temor de reconocer su ancestral miseria.)

En este instante de precipitaciones, pido otra vez
tu verso que el hielo apaga:
el breve terciopelo de mis sueños te necesita aún.
Híncate una vez más
sobre esta tierra amarga de mi cuerpo,
mientras el hoy afeita sus áridos afanes.
Recordemos que sólo son perfectos el crimen
y la devastación de los tobillos que ya nunca podrán bailar.

Recrimina conmigo nuevamente a la humanidad,
ese esperpento que ríe escandalosamente,
que está triste y no lo sabe
queriendo conquistar el mal para sí.
Y hagamos, con víscera fermentadas,
un cuadro pintado a espaldas a la vida: púrpura
y tinta coagulada de la pesadilla
que quizá no termine nunca en este reloj de arena.
En este reloj de arena…