En “A cadena perpetua”,[1] se elabora una historia en la que la ambigüedad imposibilita tomar partido por una sola lectura: el vampiro es allí mismo, acaso, un vampiro, como al mismo tiempo, probablemente (y digo probablemente porque los elementos que aporta el cuento para su comprensión llegan a ser confusos y contradictorios) un homosexual con sentimientos de culpa. Hasta la mitad del quinto párrafo todo parece indicar que se trata de la narración de un muchacho que recapitula su iniciación en el sexo con los hombres recordando a un muchacho en la pubertad con quien tuvo una “explosión orgásmica”. Preocupado por lo que llama su “obscura inclinación”, ha rastreado en la literatura algunas indicaciones de lo que ya sabe no es una enfermedad “ni física ni mental”, sino acaso, “un comportamiento característico de ciertas minorías”. Sin embargo, no deja de caracterizar su condición como algo “terrible”; y alude a que “en cada familia hay por lo menos un ejemplar”. Expresada también como algo que “según los lineamientos sociales, constituye una aberración de todo punto reprobable”, no dejamos de pensar que se refiere siempre a la homosexualidad, a pesar de que, la descripción de su ansia y deseo apremiante, que parece hasta entonces sexual, introduce un elemento que parece extraño: “resequedad en la garganta” junto a un entendible fuego en el plexo solar y un hormigueo en los miembros. Al final del quinto párrafo se cita la lectura de lo que parece ser una descripción de pretensiones científicas de lo que hemos considerado hasta el momento un homosexual: se dice que son eres neuróticos y mal sociabilizados, propensos al crimen y al suicidio a causa de la hostilidad con que son tratados. La misma descripción, que hasta entonces tenía un tono objetivo y libre de apreciaciones morales, da un giro cuando comienza acusar al objeto de su descripción de corruptor de niños y jóvenes y condenarlo como “raza inmunda”.

            Poco antes, se había escrito cómo el personaje que nos narra su historia, en lo que parecía una cita romántica, “cayó” sobre su compañero sin darle tiempo de reaccionar (el compañero, sorprendido, pues así lo revelan sus ojos “hasta el final”, goza con el “ímpetu” del otro). El lector podía pensar que se trataba de un beso apasionado.

Pero entonces, a partir del sexto párrafo, la narración empieza un giro semántico que trastorna toda la interpretación que habíamos construido hasta el momento, según las indicaciones psicológicas, conductuales y culturales previamente elaboradas:

Después de Emilio vendrán otros. Otros cuyos nombres ignoro y olvidaré pasado cierto tiempo. Sólo el recuerdo del roce de mis labios en su piel tendrá vigencia eterna. Vendrán otros. Lo que importa es que su sangre esté fresca, apta para acuciarme el instinto y arrancar quejidos de gozo anticipado. Llegarán otras. Cualquiera que cumpla el requisito de halagar mi lengua con el gusto metálico, tibio, de una sangre lozana, espesa como vino singular. Caerán sin saberlo, porque ya lo he dicho, lo que se cuenta sobre nuestras características externa, es mito puro, superchería: yo, por ejemplo, ando los parques a la luz del sol; me acicalo frente al espejo; llevo sobre el pecho un crucifijo de plata; si fuera piadoso, entraría a los templos libre de toda inquietud; no me atemorizarían el agua ni las llamas; ni me repugna el ajo o el acónito. Rompo cualquier canon establecido y desconcierto al especialista más versado en el asunto. Duermo como un infante. Casi siempre, A veces cuando la noche pesa en el sueño de los hombres, una fuerza brutal me atenaza las entrañas, hace que mi cuerpo se empape de frío, ¡me aterroriza! (Al principio confesé que estoy aterrado.) Mis colmillos crecen como crece el sexo. Mi lengua palpita levemente (como el sexo). Y soy incapaz de dominarme, porque esto trasciende toda voluntad –por vigorosa y disciplinada que sea–. Entonces, no se me ofrece más salida que acudir a donde se halle mi alimento (el bálsamo, el satisfactor, la esencia), y tómarlo con un placer que se antoja infinito en cada entrega. Que sucumban Daniel, ¿o Isaac?, Emilio, Laura o Virginia. Es necesario, inevitable, ley de mi naturaleza.

Por lo que se produce el natural desconcierto. La narración que inició en el ámbito de lo que parecía la homosexualidad se circunscribe ahora en lo que parecería el vampirismo, pero que tampoco termina siéndolo, si tomamos en cuenta la calidad de verdad que debe tener también la primera parte de la narración, donde se alude igualmente al dolor por la separación que sufrió el narrador cuando quien que sería su primer amante, y a quien siguió frecuentando hasta la preparatoria en una relación apasionada, se mudó de ciudad para luego morir de una enfermedad sin remedio que lo empalidecía y que pudimos haber identificado con el sida. Es entonces que nos hace sentido el fragmento ya citado en que la voz narrativa afirma: “Rompo cualquier canon establecido y desconcierto al especialista más versado en el asunto.” Acaso no haya forma de reunir lógicamente la primera parte de la narración con la última y el juego literario se centre en una confusión, en un mismo texto, de dos identidades reconocibles por ciertas caracterizaciones específicas y comunes usadas en la literatura: el homosexual y el vampiro.


[1] Rábago Palafox, G. (1990): pp. 81-84