Antes, para inquietarme, necesitaba una palabra vibrando en el aire
como abeja ebria de zumbidos,
gota deliciosa reintegrándose a la plenitud de su origen,
piedra arrojada para quebrar el cristal invisible del silencio.
Pero todos los cuerpos generan resistencia a lo ajeno;
y lo que antes fue alimento y vivificación
es ahora un lejano y borroso recuerdo.

Ya saben a nada las palabras.
Ya no son la sal desmenuzándose en la boca,
la droga dejando extasiada la maraña de mis nervios.
Ya no hay más secretos herméticos que descifrar en los nombres,
ni en adjetivos terriblemente equívocos.

Estoy aquí mas desnudo que un árbol en la extensa sequía.
¿Con qué nueva ilusión engañaré a mi vasta carencia?
¿Qué haré con mi primera persona del singular?

Busco en el holocausto tu rostro o tu rastro, sin hallarlo.
¿Dónde estás? ¿Por qué apartas tu cercanía de mi orfandad?

Desde mi desamparo te estoy llamando.
Mi desamparo que es a la vez un desahucio
y que se llama 21 años.

¿Eres acaso el desquicio?
¿El hecho de clavarse las uñas en la cara,
de abrirse la carne para dejar fluir la ansiedad?

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